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Radio San Isidro

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martes, 26 de julio de 2011

Monseñor Mupendawatu habla del compromiso de la fundación El Buen Samaritano

Fármacos gratuitos y asistencia adecuada
para los enfermos de Sida

A finales de 2010 eran más de treinta y cuatro millones las personas afectadas por el virus del Sida en el mundo. De ellas sólo el 5 por ciento recibe asistencia adecuada. El proyecto en estudio por la Organización Mundial de la Salud es reducir drásticamente para el año 2015 el número de niños contagiados. Precisamente en estos días la “International Aids Society” (IAS) ha convocado en Roma a los máximos expertos en temas de patogénesis, tratamiento y prevención del Vih/Sida para buscar poner a punto estrategias. Sin embargo persiste el problema de la ampliación de la asistencia al mayor número de los países golpeados por la infección. En primera línea en esta lucha sin fronteras se encuentra la fundación El Buen Samaritano, emanación directa del Consejo pontificio para la pastoral de la Salud. De ello hablamos con monseñor Jean-Marie Mupendawatu, recién nombrado secretario del citado dicasterio, donde ha sido oficial desde 1991 y subsecretario desde 2009.

¿Cuándo y por qué nació la fundación?

El beato Juan Pablo II instituyó la fundación el 12 de septiembre de 2004. Luego la encomendó al Consejo pontificio para la pastoral de la salud. Sus fines se resumen en el apoyo económico a los enfermos más necesitados, en particular a los afectados por Vih/Sida, que piden un gesto de amor solidario a la Iglesia. Creo que es necesario promover ulteriormente la sinergia que ya existe entre la Iglesia, en sus distintas articulaciones y el mundo de la salud y de las empresas productoras de fármacos. Para este fin hemos preparado un «Modelo de acción integrado» que, en el respeto y en la valoración de los diversos papeles y competencias, tiene importantes objetivos.

¿Cuáles son?

En espera de poder organizar una deseable mesa de trabajo conjunto en la que deberían participar todas las realidades del sector —eclesiales y no eclesiales— capaces de contribuir a ella, creo que en primer lugar se debe lograr asegurar, también mediante el compromiso de los gobiernos locales, la distribución gratuita de fármacos antirretrovirales a los infectados. Así se consentiría duplicar —según lo referido a su vez por el Programa conjunto de las Naciones Unidas sobre el Vih/Sida (ONUSIDA)— la esperanza de vida de las personas afectadas por Vih, que pasaría de 11 a 22 años. En este sentido considero fundamental promover la formación del personal médico y de enfermería así como el directivo. Sería necesario además transferir a la población local más conocimientos y competencias posibles, a través de itinerarios de formación dirigidos a crear figuras profesionales capaces de actuar en contextos sanitarios estructuralmente escasos como los de la mayor parte de los países económicamente desfavorecidos.


De enorme valor estratégico podría ser también la difusión capilar de los laboratorios de análisis, diagnóstico y tratamiento. Lo ideal, por lo tanto, sería llevar a acabo una red eficiente, a pesar de las dificultades, en muchas áreas, ligadas a la falta de infraestructuras esenciales, como por ejemplo vías de transporte y comunicación efectivamente transitables. Por otro lado, es básico mejorar constantemente la prevención del contagio de Vih/Sida, sobre todo en lo relativo a la transmisión del virus de madre a hijo y, más en general, entre los miembros de un mismo núcleo familiar. Se trata, en sustancia, de extender y promover lo más posible —en primer lugar a través de las escuelas católicas— una educación adecuada para hacer comprender los valores de la vida, de la familia y de la sexualidad responsable. Finalmente no podrá faltar un apoyo socio-económico, como la difusión de proyectos de desarrollo rural y de microcrédito estudiados pertinentemente y capaces de permitir a las familias y a las comunidades auto-sustentarse y resolver las problemáticas agravantes ligadas a la pobreza y a la exclusión.

Mario Ponzi
16 de julio de 2011 copilado de L Osservatore R.

viernes, 22 de julio de 2011

La responsabilidad de los periodistas

Medios y verdad del hombre

“Verdad y medios de comunicación” ha sido el tema del curso de verano organizado por la Universidad Católica de Ávila, clausurado en la tarde del 14 de julio por el cardenal prefecto de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, quien ha sintetizado para nuestro periódico su intervención.



Trabajar en los medios de comunicación social es apasionante pero no es fácil; puede parecer fácil, sólo a quien nunca se ha decidido a hacerlo verdaderamente. En efecto, no es fácil servir cada día al hombre con la ayuda de la palabra, porque ésta por su naturaleza, al indicar la verdad de las cosas, es sagrada. Lo sagrado exige amor y respeto y excluye la manipulación. El que muestra la verdad debe dejarse conducir por ella, más aún debería cambiar la propia vida. Su objeto es el hombre, la historia del hombre, lo vivido por el hombre, la noticia que tiene al hombre como protagonista e interesa e implica al hombre. La verdad del hombre. Son notarios de la realidad, pero de una realidad no distorsionada, la realidad en su verdad y en su verdad completa, no sesgada ni puesta al servicio de intereses que no son los del bien del hombre, de la persona y de la sociedad, también en su verdad.

Nuestra sociedad tiene una grandísima deuda con la verdad. Sufre bajo el poder dominante del relativismo que es, sin duda, un cáncer de nuestra cultura y nuestra sociedad. Hay ausencia y carencia de libertad a pesar de todas las apariencias en contrario; sobran sucedáneos de la libertad. Todo ello porque se falta a la verdad, porque se trata de domeñar la verdad y servirse de ella en lugar de servirla, porque se manipula la realidad, porque se la pone al servicio de intereses y poderes. Los profesionales de los medios de comunicación social, desde los que los dirigen y financian hasta los que ejercen las últimas funciones en los mismos, tienen aquí una responsabilidad muy grande: habrá una sociedad libre, una nueva civilización del amor, una cultura de la vida y una paz entre los pueblos, si los medios de comunicación sirven a la verdad, la verdad del hombre.


Al contar los profesionales de los medios lo que ven, confiesan lo que son. Leyendo un artículo inmediatamente sentimos como el periodista trata al hombre y las cosas; o bien el trata de comprender a los hombres como son o los piensa como una materia con la que se puede hacer lo que se quiere. Cuando para el periodista la realidad es sagrada, la palabra con que trata de mostrarla no está sujeta a la manipulación. Es una palabra libre, no atada, y al servicio de la libertad, inseparable siempre de la verdad.


La verdad de las cosas, de los acontecimientos, y la verdad del hombre exige de los periodistas un trabajo que sólo podrán llevar a cabo siendo libres. Ser libre significa pertenecer a la verdad, más aún, ser capaz de arriesgarlo todo por ella. Su búsqueda de la verdad, su pasión por la verdad, su servicio a la verdad habría de ser, en principio, una de sus mayores aportaciones y servicios a la sociedad, a la construcción de una sociedad libre y democrática, a una sociedad éticamente fundada, al rearme moral de la misma, a la superación de la crisis actual que es más que una crisis económica porque es una crisis moral, porque en el fondo es una crisis y una quiebra humana, una crisis de la verdad del hombre.

Hago mías enteramente las palabras que el Beato Juan Pablo II dijo a los profesionales de los medios de comunicación social en su primera visita a España, en 1982: “La búsqueda de la verdad indeclinable exige un esfuerzo constante, exige situarse en el adecuado nivel de conocimiento y de selección crítica. No es fácil, lo sabemos bien. Cada hombre lleva consigo sus propias ideas, sus preferencias y hasta sus prejuicios. Pero el responsable de la comunicación no puede escudarse en lo que suele llamarse la imposible objetividad. Si es difícil una objetividad completa y total, no lo es menos la lucha por dar con la verdad, la decisión de proponer la verdad, la praxis de no manipular la verdad, la actitud de ser incorruptibles ante la verdad. Con la sola guía de una recta conciencia ética, y sin claudicaciones por motivos de falso prestigio, de interés personal, político, económico o de grupo”.


Todos los profesionales de los medios de comunicación y de manera especial quienes profesan la fe cristiana, en Jesucristo, testigo de la verdad que ha venido a iluminar a todos los hombres, encontrarán luz y norte para su actuación y su servicio. Su presencia es luz y esperanza para las gentes, es fuente de unidad para todos, es raíz de humanización sin excepción de hombre o de mujer alguno, es sanación y futuro para todos: su palabra es buscada y escuchada porque trae la verdad. Su palabra trae salud, paz y esperanza para los hombres. Él es la Palabra que revela el misterio de Dios y desvela a l hombre su propio misterio, en él encontramos la verdad de Dios e inseparablemente unida la verdad del hombre.

Antonio Cañizares Llovera
16 de julio de 2011

REUNIÓN DEL CONSEJO DE ADMINISTRACIÓN DE LA FUNDACIÓN AUTÓNOMA POPULORUM PROGRESSIO

BELEM DO PARA, BRASIL,
19-22 JULIO 2011

Del 19 al 22 de Julio, tendrá lugar en el Monasterio de la Transfiguración de Castanhal, a poca distancia de la ciudad de Belém do Pará, en Brasil, la reunión anual del Consejo de Administración de la Fundación Populorum Progressiode la que el Pontificio Consejo Cor Unum se hace cargo desde su fundación, en el año 1992. Como cada año, los Miembros que la componen, estudiarán y considerarán la financiación de los proyectos presentados en favor de las poblaciones indígenas, mestizas y afro-americanas de América Latina y Caribe.


Son miembros del Consejo: S.Em. el Cardenal Robert Sarah, Presidente de la Fundación, en cuanto Presidente deCor Unum; S.Em. el Card. Juan Sandoval Íñiguez, Arzobispo de Guadalajara, México y Presidente del Consejo; S.E. Mons. Edmundo Luis Flavio Abastoflor Montero, Arzobispo de La Paz, Bolivia; S.E. Mons. Alberto Taveira Corrêa, Arzobispo di Belém do Pará, Brasil, S.E. Mons. Antonio Arregui Yarza, Arzobispo de Guayaquil, Ecuador; S.E. Mons. José Luis Astigarraga Lizarralde, Vicario Apostolico de Yurimaguas, Perú; S.E. Mons. Óscar Urbina Ortega, Arzobispo de Villavicencio, Colombia y Mons. Segundo Tejado Muñoz, Representante del Pontificio Consejo Cor Unum. La Fundación recibe los fondos para poder trabajar, principalmente del Comité de ayuda en favor del Tercer Mundo de la Conferencia Episcopal Italiana.


El Consejo de Administración de la Fundación celebra tradicionalmente las reuniones en un país latinoamericano, con el fin de conocer mejor la realidad y de dar a conocer las actividades de la misma en las Iglesias particulares. Este año se realiza la primera reunión del Consejo con el nuevo Presidente de la Fundación, el Cardenal Robert Sarah. La reunión se tendrá en Brasil, razón por la que se dedicará una atención especial a la situación de los indígenas, numerosos en el país, así como a las poblaciones que se encuentran en condiciones de mayor pobreza. Tendrán una atención especial las indicaciones pastorales, ya estudiadas por la Fundación, relativas al Documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, realizado en Aparecida, en el 2007, cita de gran importancia eclesial para el “Continente de la esperanza”, como definía Pablo VI América Latina.


El 19 de julio, el Consejo analizará la situación socio-política y eclesial de los varios países latinoamericanos, para poder encuadrar mejor las necesidades que presentan los proyectos enviados a la Fundación. El mismo día se celebrará una solemne Eucaristía en la nueva catedral de Castanhal, invitados por el Obispo de la Diócesis, Mons. Carlo Verzeletti.

Los días 20 y 21 se examinarán detalladamente los proyectos presentados por los Obispos de los varios países. El 20 de julio, la comunidad parroquial de Nossa Senhora das Graças di Ananindeua acogerá el Consejo de Administración para la celebración eucarística; el día 21 la Eucaristía se celebrará en la Basílica-Santuario de Nossa Senhora de Nazaré en la ciudad de Belém, construida en el año1852, en el lugar donde la imagen de Nuestra Señora de Nazaret fue encontrada por el mestizo José Placido de Souza. Los Miembros de la Fundación visitarán la llamada “Casa de Plácido”, construida para albergar a los peregrinos que participan al “Círio de Nazaré”, una de las mayores procesiones católicas de Brasil, que se celebra en el segundo domingo de octubre, con la participación de más de dos millones de peregrinos.


Este año se han presentado 216 proyectos por un importe de US$ 2.980.470 provenientes de 19 países. Como sucede todos los años, las naciones más “activas” en la presentación de los mismos, han sido: Colombia (50) Brasil (43), Perú (23), Ecuador (18) y El Salvador (13), naciones en las que las poblaciones sostenidas por la Fundación, son más numerosas. Han presentado también proyectos: Haití (12), Guatemala (10), Argentina (8), Bolivia (8), Paraguay (6), Chile (5), Cuba (5), Costa Rica (3), México (3), Venezuela (3), Nicaragua (2), Republica Dominicana (2), Honduras (1) y Uruguay (1). Se espera que otros países, en los que viven comunidades indígenas en situaciones de grave dificultad, en las grandes periferias de las metrópolis, así como en otros lugares abandonados y lejanos, presenten proyectos en el futuro.


Las iniciativas presentadas, servirán para responder a las necesidades en varios sectores como: producción (agrícola, ganadera, artesanado, micro-empresas); infraestructuras comunitarias (agua potable, letrinas, salones comunitarios); educación (formación, material escolar, publicaciones); sanidad (campañas de prevención, material médico para dispensarios); construcción (centros educativos y sanitarios).


Ciudad del Vaticano, 12 de julio de 2011

martes, 12 de julio de 2011

Este momento actual nuestra ciudad vive un incremento de Violencia

Basta ya. Exigimos justicia

... nos hemos reunido en oración. Presididos por nuestro Obispo Ángel Garachana, hemos celebrado la acción de gracias al Dios de la vida que no olvida nuestros nombres y para quien todos vivimos. Lo hemos hecho en solidaridad y junto a quienes sufren más de cerca la pérdida de sus seres queridos. Hemos compartido dolor y el temor de que la injusticia de sus muertes quede en el olvido. Hemos pedido al Señor que convierta nuestro corazón, que abra nuestro oído a la escucha de su Palabra y que guíe, con el Espíritu de Jesús, nuestros pasos para pasar haciendo el bien y liberando de toda opresión del maligno.


La profecía de Isaías nos ha recordado tareas y responsabilidades a cada uno: desterrar la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, partir el pan con el hambriento, saciar al indigente. Reconocemos que el “basta ya” y la exigencia de justicia va dirigido también a cada uno de nosotros. Nos sabemos llamados a vivir, a convivir, a compartir y nos comprometemos a aprovechar este tiempo de gracia para renovar el compromiso bautismal.


Porque esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en la que no habrá ya pobreza ni dolor, donde nadie estará triste y nadie tendrá que llorar, queremos que la gloria del Señor Resucitado se refleje ya en nuestra convivencia, en nuestras estructuras, en nuestra ciudad. Siguiendo a Jesús, hemos recorrido su “viacrucis” y queremos tomar la cruz de cada día; asumir la tarea de cambiar actitudes, de revisar valores, de rechazar toda especie de corrupción, de capacitarnos para realizar el trabajo con cuidado y, también, de implicarnos y no desentendernos de nuestras responsabilidades en la vida pública; de nuestra obligación de elegir, evaluar y exigir a quienes nos representan en el ejercicio de la autoridad y en la dirección del Estado. No huimos a otra ciudad, no nos escapamos con ensoñaciones de apariencia espiritual. Escuchamos al Señor que nos dice: No teman, estoy con ustedes y, siguiendo su mandato, queremos compartir con todos el camino que lleva a la vida.


Reconocemos que la tremenda realidad de violencia y muerte que nos ha reunido tiene causas muy diversas, raíces profundas, soluciones difíciles. Por eso no queremos ofertas engañosas de remedios rápidos y espectaculares que solo ofrecen más de lo mismo. De lo mismo que ha fracasado y seguirá haciéndolo precisamente por no reconocer la complejidad de los problemas y la necesidad de cambios profundos en actitudes y estructuras.


Necesitamos y exigimos más análisis, más estudio, más propuestas y más diálogo de quienes tienen tareas públicas: del Presidente de la República y su gobierno, de los congresistas, de los partidos y movimientos políticos; de los alcaldes y regidores de nuestra ciudad y de los de todo el país. Es tarea difícil, entendemos que duden y se equivoquen. No entendemos que no se esfuercen, no trabajen, no se capaciten, no den cuenta de sus propuestas y acciones o no actúen con total trasparencia en su servicio.


La exigencia de justicia afecta especialmente a todos los órganos del poder judicial. Reconocemos las carencias de medios y recursos adecuados y lamentamos que una historia llena de manipulaciones de los poderosos del momento exija a magistrados, jueces, fiscales, abogados y funcionarios judiciales un esfuerzo extraordinario para garantizar la independencia, honestidad, rapidez y claridad en sus tareas. Oramos por ellos porque a la dificultad propia de su función se une la presión de unos intereses económicos siniestros y amenazadores.
Sabemos que en cualquier lugar del mundo a mayor educación, menor delincuencia. Sabemos del fracaso de nuestro sistema educativo. Sabemos que nuestras calles están llenas de muchachas y muchachos que no han tenido ni ochocientos días de escuela en toda su vida y que no tienen ninguna posibilidad de inserción en el mundo laboral. Sabemos que estamos ofreciendo al crimen organizado una mano de obra barata y motivada. No afrontar el desastre de un sistema educativo totalmente obsoleto es hacer el juego a la muerte.


Nuestra estructura económica es opresiva. La desigualdad, con viejas y nuevas raíces, aumenta entre nosotros y hace crecer necesariamente el riesgo de explosión. Si los detentores de capital, los propietarios de las tierras, los emprendedores y todos los agentes económicos no proponen y realizan cambios profundos, seguiremos empujando a la marginalidad, a la desesperanza y al crimen a la mayoría de una población joven a la que, desgraciadamente, miramos más con recelo que con gozo.


No queremos más armas sino menos. Sí queremos unos cuerpos de seguridad públicos, honestos, bien capacitados y remunerados; dotados con los recursos necesarios de investigación y análisis y que se sientan orgullosos de servir eficazmente a la vida, a la dignidad y a la seguridad de sus conciudadanos.
El narcotráfico y el crimen organizado son la más clara demostración del pecado estructural y de que el pecado paga en muerte. Pero confesamos nuestra fe en que la muerte ha sido vencida y por eso, personal y colectivamente, queremos rechazar cualquier connivencia con los “príncipes del mundo este”. Exigimos sean ellos los primeros desenmascarados, detenidos y juzgados. A ellos va en primer lugar nuestro grito ¡Basta ya! Hacia ellos queremos se dirija el esfuerzo nacional e internacional que destruya sus redes y nos permita caminar en paz y justicia.


En nuestra celebración hemos hecho memoria, también, de los que en el centro penal han sido asesinados. La tarea de la pastoral penitenciaria no es una expresión de sensiblería o de sentimentalismo caritativo de la Iglesia sino proclamación de la fe en el Dios del perdón y de la vida; es compromiso y exigencia de unos cauces de rehabilitación hoy inexistentes en nuestro sistema penal.


En medio de la noche estas luces que colocamos en la puerta de la catedral son súplica dirigida al Señor para que Él con su luz perpetua ilumine a los que recordamos con cariño y tristeza y también a aquellos que nuestra debilidad olvida.


Nos volvemos a ti Señor. Nos ponemos al pie de la cruz de tu hijo amado. Oímos su grito y el eco de su dolor en todos nuestros asesinados, en sus esposas, en sus hijos, en sus padres. Confesamos nuestra fe: Este es Hijo de Dios. Estos son hijos de Dios.

San Pedro Sula marzo 2011.

miércoles, 6 de julio de 2011

MENSAJE DE LA JORNADA MUNDIAL DEL TURISMO 2011

CIUDAD DEL VATICANO, 6 JUL 2011 (VIS).-Hoy se ha hecho público el Mensaje del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes con ocasión de la Jornada Mundial del Turismo, que como es tradicional se celebra el 27 de septiembre, y este año tiene como tema: “Turismo y acercamiento de las culturas”.

Ofrecemos a continuación extractos del mensaje, que se ha publicado en inglés, francés, italiano, español y portugués:

“El tema de este año, “Turismo y acercamiento de las culturas”, quiere subrayar la importancia que los viajes tienen en el encuentro entre las diversas culturas del mundo, especialmente en estos tiempos en los que más de novecientos millones de personas realizan desplazamientos internacionales, favorecidos por los modernos medios de comunicación y el abaratamiento de los costes”.

“Es necesario hacer que las personas no sólo acepten la existencia de la cultura del otro -como afirma Benedicto XVI-, sino que también deseen enriquecerse gracias a ella”, acogiendo lo que ésta tiene de bueno, de verdadero y de bello”.

“Para dialogar, la primera condición que se exige es la de saber escuchar, querer ser interpelados por el otro, querer descubrir el mensaje que encierra cada monumento, cada manifestación cultural, desde el respeto, sin prejuicios ni exclusiones, evitando lecturas superficiales o sesgadas. Así, es tan importante el “saber acoger” como el “saber viajar”.

“Es inmenso el patrimonio cultural que surge de la experiencia de fe, del encuentro entre la cultura y el Evangelio, fruto de la profunda vivencia religiosa de la comunidad cristiana. Ciertamente, estas obras de arte y de memoria histórica tienen un enorme potencial evangelizador, en cuanto que se insertan en la via pulchritudinis, el camino de la belleza, que es “una senda privilegiada y fascinante para acercarse al misterio de Dios”.

“Debe ser un objetivo prioritario de nuestra pastoral del turismo mostrar el verdadero significado de todo este acervo cultural, nacido al calor de la fe y para gloria de Dios. (…) Por eso, es importante que presentemos este patrimonio en su autenticidad, mostrándolo en su verdadera naturaleza religiosa, insertándolo en el contexto litúrgico en el que nació y para el que nació”.

“Porque somos conscientes de que la Iglesia “existe para evangelizar”, debemos preguntarnos constantemente: ¿Cómo acoger a las personas en los lugares sagrados de modo que esto les ayude a conocer y amar más al Señor?, ¿Cómo facilitar un encuentro entre Dios y cada una de las personas que allí acuden? Hay que subrayar, en primer lugar, la importancia de una acogida adecuada, (…) que se manifiesta en diversidad de elementos: desde los detalles sencillos hasta la disponibilidad personal a la escucha, pasando por el acompañamiento durante el tiempo que dure la presencia”.

“Al respecto, y con el objetivo de favorecer este diálogo intercultural y aprovechar nuestro patrimonio cultural al servicio de la evangelización, es conveniente adoptar una serie de iniciativas pastorales concretas. Todas ellas deben integrarse en un programa amplio de interpretación que, junto a información de tipo histórico-cultural, muestre de forma clara y accesible el original y profundo significado religioso de dichas manifestaciones culturales, usando para ello medios actuales y atractivos, y aprovechando los recursos personales y tecnológicos que están a nuestra disposición”.

“Entre dichas propuestas concretas se encuentra la elaboración de recorridos turísticos que ofrezcan la visita a los lugares más importantes del patrimonio religioso-cultural de la diócesis. Junto a ello se debe favorecer un amplio horario de apertura, así como disponer de una estructura de acogida adecuada. En este sentido es importante la formación espiritual y cultural de los guías turísticos, mientras se puede valorar la posibilidad de crear organizaciones de guías católicos”.

“No podemos conformarnos con concebir la visita turística como una simple pre-evangelización, sino que debe servirnos de plataforma para realizar el anuncio claro y explícito de Jesucristo”.

“La celebración del VII Congreso Mundial de Pastoral del Turismo -concluye el mensaje- tendrá lugar en Cancún (México) la semana del 23 al 27 de abril de 2012”.
COM-SM/ VIS 20110706 (670)

martes, 5 de julio de 2011

Benedicto XVI por el 60º aniversario de su sacerdocio en la solemnidad de los santos Pedro y Pablo

Ya no siervos sino amigos

Queridos hermanos y hermanas,

«Ya no os llamo siervos, sino amigos» (cf. Jn 15,15). Sesenta años después de mi Ordenación sacerdotal, siento todavía resonar en mi interior estas palabras de Jesús, que nuestro gran Arzobispo, el Cardenal Faulhaber, con la voz ya un poco débil pero firme, nos dirigió a los nuevos sacerdotes al final de la ceremonia de Ordenación. Según las normas litúrgicas de aquel tiempo, esta aclamación significaba entonces conferir explícitamente a los nuevos sacerdotes el mandato de perdonar los pecados. «Ya no siervos, sino amigos»: yo sabía y sentía que, en ese momento, esta no era sólo una palabra «ceremonial», y era también algo más que una cita de la Sagrada Escritura. Era bien consciente: en este momento, Él mismo, el Señor, me la dice a mí de manera totalmente personal. En el Bautismo y la Confirmación, Él ya nos había atraído hacia sí, nos había acogido en la familia de Dios.


Pero lo que sucedía en aquel momento era todavía algo más. Él me llama amigo. Me acoge en el círculo de aquellos a los que se había dirigido en el Cenáculo. En el grupo de los que Él conoce de modo particular y que, así, llegan a conocerle de manera particular. Me otorga la facultad, que casi da miedo, de hacer aquello que sólo Él, el Hijo de Dios, puede decir y hacer legítimamente: Yo te perdono tus pecados. Él quiere que yo – por mandato suyo – pronuncie con su «Yo» unas palabras que no son únicamente palabras, sino acción que produce un cambio en lo más profundo del ser. Sé que tras estas palabras está su Pasión por nuestra causa y por nosotros. Sé que el perdón tiene su precio: en su Pasión, Él ha descendido hasta el fondo oscuro y sucio de nuestro pecado.



Ha bajado hasta la noche de nuestra culpa que, sólo así, puede ser transformada. Y, mediante el mandato de perdonar, me permite asomarme al abismo del hombre y a la grandeza de su padecer por nosotros los hombres, que me deja intuir la magnitud de su amor. Él se fía de mí: «Ya no siervos, sino amigos». Me confía las palabras de la Consagración en la Eucaristía. Me considera capaz de anunciar su Palabra, de explicarla rectamente y de llevarla a los hombres de hoy. Él se abandona a mí. «Ya no sois siervos, sino amigos»: esta es una afirmación que produce una gran alegría interior y que, al mismo tiempo, por su grandeza, puede hacernos estremecer a través de las décadas, con tantas experiencias de nuestra propia debilidad y de su inagotable bondad.


«Ya no siervos, sino amigos»: en estas palabras se encierra el programa entero de una vida sacerdotal. ¿Qué es realmente la amistad? Ídem velle, ídem nollequerer y no querer lo mismo, decían los antiguos. La amistad es una comunión en el pensamiento y el deseo. El Señor nos dice lo mismo con gran insistencia: «Conozco a los míos y los míos me conocen» (cf Jn 10,14). El Pastor llama a los suyos por su nombre (cf Jn 10,3). Él me conoce por mi nombre. No soy un ser anónimo cualquiera en la inmensidad del universo. Me conoce de manera totalmente personal. Y yo, ¿le conozco a Él? La amistad que Él me ofrece sólo puede significar que también yo trate siempre de conocerle mejor; que yo, en la Escritura, en los Sacramentos, en el encuentro de la oración, en la comunión de los Santos, en las personas que se acercan a mí y que Él me envía, me esfuerce siempre en conocerle cada vez más. La amistad no es solamente conocimiento, es sobre todo comunión del deseo. Significa que mi voluntad crece hacia el «sí» de la adhesión a la suya. En efecto, su voluntad no es para mí una voluntad externa y extraña, a la que me doblego más o menos de buena gana. No, en la amistad mi voluntad se une a la suya a medida que va creciendo; su voluntad se convierte en la mía, y justo así llego a ser yo mismo. Además de la comunión de pensamiento y voluntad, el Señor menciona un tercer elemento nuevo: Él da su vida por nosotros (cf. Jn 15,13; 10,15). Señor, ayúdame siempre a conocerte mejor. Ayúdame a estar cada vez más unido a tu voluntad. Ayúdame a vivir mi vida, no para mí mismo, sino junto con Ti para los otros. Ayúdame a ser cada vez más Tu amigo.


Las palabras de Jesús sobre la amistad están en el contexto del discurso sobre la vid. El Señor enlaza la imagen de la vid con una tarea que encomienda a los discípulos: «Os he elegido y os he destinado para vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16). El primer cometido que da a los discípulos – a los amigos – es el de ponerse en camino, de salir de sí mismos y de ir hacia los otros. Podemos oír juntos aquí también las palabras que el Resucitado dirige a los suyos, con las que san Mateo concluye su Evangelio: «Id y enseñad a todos los pueblos...» (cf. Mt 28,19s). El Señor nos exhorta a superar los confines del ambiente en que vivimos, a llevar el Evangelio al mundo de los otros, para que impregne todo y así el mundo se abra para el Reino de Dios. Esto puede recordarnos que el mismo Dios ha salido de si, ha abandonado su gloria, para buscarnos, para traernos su luz y su amor. Queremos seguir al Dios que se pone en camino, superando la pereza de quedarnos cómodos en nosotros mismos, para que Él mismo pueda entrar en el mundo.


Después de la palabra sobre el ponerse en camino, Jesús continúa: dad fruto, un fruto que permanezca. ¿Qué fruto espera Él de nosotros? ¿Cuál es el fruto que permanece? Pues bien, el fruto de la vid es la uva, del que luego se hace el vino. Detengámonos un momento sobre esta imagen. Para que una buena uva madure, se necesita sol, pero también lluvia, el día y la noche. Para que madure un vino de calidad, hay que prensar la uva, se requiere la paciencia de la fermentación, los atentos cuidados que sirven a los procesos de maduración. Un vino de clase no solamente se caracteriza por su dulzura, sino también por la riqueza de los matices, la variedad de aromas que se han desarrollado en los procesos de maduración y fermentación. ¿Acaso no es ésta una imagen de la vida humana, y particularmente de nuestra vida de sacerdotes? Necesitamos el sol y la lluvia, la serenidad y la dificultad, las fases de purificación y prueba, y también los tiempos de camino alegre con el Evangelio. Volviendo la mirada atrás, podemos dar gracias a Dios por ambas cosas: por las dificultades y por las alegrías, por las horas oscuras y por aquellas felices. En las dos reconocemos la constante presencia de su amor, que nos lleva y nos sostiene siempre de nuevo.


Ahora, sin embargo, debemos preguntarnos: ¿Qué clase de fruto es el que espera el Señor de nosotros? El vino es imagen del amor: éste es el verdadero fruto que permanece, el que Dios quiere de nosotros. Pero no olvidemos que, en el Antiguo Testamento, el vino que se espera de la uva selecta es sobre todo imagen de la justicia, que se desarrolla en una existencia vivida según la ley de Dios. Y no digamos que esta es una visión veterotestamentaria ya superada: no, ella sigue siendo siempre verdadera. El auténtico contenido de la Ley, su summa, es el amor a Dios y al prójimo. Este doble amor, sin embargo, no es simplemente algo dulce. Conlleva en sí la carga de la paciencia, de la humildad, de la maduración de nuestra voluntad en la formación e identificación con la voluntad de Dios, la voluntad de Jesús Cristo, el Amigo. Sólo así, en el hacerse todo nuestro ser verdadero y recto, también el amor es verdadero; sólo así es un fruto maduro. Su exigencia intrínseca, la fidelidad a Cristo y a su Iglesia, requiere que se cumpla siempre también en el sufrimiento. Precisamente de este modo, crece la verdadera alegría. En el fondo, la esencia del amor, del verdadero fruto, se corresponde con las palabras sobre el ponerse en camino, sobre el salir: amor significa abandonarse, entregarse; lleva en sí el signo de la cruz. En este contexto, Gregorio Magno decía una vez: Si tendéis hacia Dios, tened cuidado de no alcanzarlo solos (cf. H Ev 1,6,6: PL 76, 1097s); una palabras que a nosotros, cómo sacerdotes, hemos de tener presentes íntimamente cada día.


Queridos amigos, quizás me he entretenido demasiado con la memoria íntima sobre los sesenta años de mi ministerio sacerdotal. Es hora de pensar en lo que es propio de este momento.


En la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, dirijo ante todo mi más cordial saludo al Patriarca Ecuménico Bartolomé I y a la Delegación que ha enviado, y a la que agradezco vivamente su grata visita en la gozosa ocasión de los Santos Apóstoles Patronos de Roma. Saludo cordialmente también a los Señores Cardenales, a los Hermanos en el Episcopado, a los Señores Embajadores y a las Autoridades civiles, así como a los sacerdotes, religiosos y fieles laicos. Agradezco a todos su presencia y su oración.


A los Arzobispos Metropolitanos nombrados desde la última Fiesta de los grandes Apóstoles, les será impuesto ahora el Palio. ¿Qué significa? Nos puede recordar ante todo el suave yugo de Cristo que se nos pone sobre los hombros (cf. Mt 11,29s). El yugo de Cristo es idéntico a su amistad. Es un yugo de amistad y, por tanto, un «yugo suave», pero precisamente por eso es también un yugo que exige y que plasma. Es el yugo de su voluntad, que es una voluntad de verdad y amor. Así, es también para nosotros sobre todo el yugo de introducir a otros en la amistad con Cristo y de estar a disposición de los demás, de cuidar de ellos como Pastores. Con esto hemos llegado a un nuevo significado del palio: está tejido con la lana de corderos que son bendecidos en la fiesta de santa Inés. Nos recuerda de este modo al Pastor que se ha convertido Él mismo en cordero por amor nuestro. Nos recuerda a Cristo que se ha encaminado por las montañas y los desiertos en los que su cordero, la humanidad, se había extraviado. Nos recuerda a Él, que ha tomado el cordero, la humanidad – a mí – sobre sus hombros, para llevarme de nuevo a casa. De este modo, nos recuerda que, como Pastores a su servicio, también nosotros hemos de llevar a los otros, cargándolos, por así decir, sobre nuestros hombros y llevarlos a Cristo. Nos recuerda que podemos ser Pastores de su rebaño, que sigue siendo siempre suyo, y no se convierte en el nuestro. Por fin, el Palio significa muy concretamente también la comunión de los Pastores de la Iglesia con Pedro y con sus sucesores; significa que tenemos que ser Pastores para la unidad y en la unidad, y que sólo en el unidad de la cual Pedro es símbolo, guiamos realmente hacia Cristo.


Sesenta años de ministerio sacerdotal. Queridos amigos, tal vez me he extendido demasiado en los detalles. Pero en esta hora me he sentido impulsado a mirar a lo que ha caracterizado estas décadas. Me he sentido impulsado a deciros – a todos los sacerdotes y Obispos, así como también a los fieles de la Iglesia – un palabra de esperanza y ánimo; un palabra, madurada en el experiencia, sobre el hecho de que el Señor es bueno. Pero, sobre todo, este es un momento de gratitud: gratitud al Señor por la amistad que me ha ofrecido y que quiere ofrecer a todos nosotros. Gratitud a las personas que me han formado y acompañado. Y en todo ello se esconde la plegaria de que un día el Señor, en su bondad, nos acoja y nos haga contemplar su alegría. Amén.

1 de julio de 2011

Tomado del Obsservatore Romano

El momento más importante de mi vida - Hace sesenta años, 29 de junio de 1951, Joseph Ratzinger fue ordenado sacerdote

En su relato autobiográfico esencial y límpido, publicado en 1997 - el original alemán tiene derecho Aus meinem Leben.Erinnerungen 1927-1977 (Hitos: Memorias de 1927 a 1977) - Joseph Ratzinger recuerda con sencillez vivos de su ordenación al sacerdocio. El gran cardenal alemán, Michael von Faulhaber (1869-1952), distinguido biblista y patrólogo, Arzobispo de Munich y Freising, de 1917, que durante los oscuros años del Tercer Reich se había convertido en uno de los críticos más valientes del régimen de Hitler, puso sus manos sobre el diácono de 24 años en junio de 1951 y en su hermano mayor Georg y 42 hombres jóvenes.
"Éramos más de cuarenta candidatos, que, en la llamada solemne en ese día de verano radiante, que recuerdo como la alta punto de mi vida, respondió: "Adsum", aquí estoy. No hay que ser supersticioso, pero, en ese momento cuando el anciano arzobispo impuso sus manos sobre mí, un pajarillo-tal vez una alondra-voló desde el altar mayor de la catedral y el trino de una canción alegre poco. Y yo no podía dejar de ver en esta garantía una de las alturas, como si oyera las palabras "Esto es bueno, usted está en el camino correcto." Luego hubo cuatro semanas de verano que eran como una fiesta interminable. En el día de la Santa Misa en primer lugar, la iglesia parroquial de San Oswald brillaba en todo su esplendor, y la alegría que casi palpable llenó todo el lugar hizo todos los presentes en el modo de vida de la mayoría de "participación activa" en el evento sagrado, pero esto no requiere ningún ocupaciones externas. Fuimos invitados a traer la primera bendición a los hogares, y en todas partes fuimos recibidos incluso por extraños con una calidez y el afecto que no había creído posible hasta ese día. De esta manera aprendí de primera mano cuán sinceramente la gente espera de un sacerdote, cuánto tiempo de la bendición que fluye de la virtud del sacramento. El punto no era la mía o la persona de mi hermano. ¿Qué podríamos dos jóvenes representan por nosotros mismos a las muchas personas que se están reuniendo? En nosotros, que vieron las personas que habían sido tocados por la misión de Cristo y que había sido facultada para llevar a su cercanía a los hombres. Precisamente porque nosotros mismos no fueron el punto, una relación humana ambiente puede desarrollar muy rápidamente. "
Un sacerdote de sesenta años, Joseph Ratzinger lleva a cabo todos los días, con humildad y transparencia, el trabajo de hacer el único Señor del mundo y de presentar la historia a las mujeres y los hombres de nuestro tiempo. Para ello, el Osservatore Romano Benedicto XVI ofrece sus mejores deseos, seguro de que sus sentimientos se reflejan no sólo por aquellos en la Iglesia Católica, sino por muchos otros en todo el mundo. Y repite para él las palabras de la antigua oración por el Papa, invocando la protección de Cristo y la única felicidad que cuenta: Dominus conservet eum, vivificet eum, beatum faciat eum in terra et non tradat eum en animam inimicorum eius.

Biografìa de San Juan Marìa Vianey

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