Pagina de Actualizaciòn

jueves, 21 de junio de 2012


Creo en la Iglesia y la amo
Ante las últimas noticias eclesiales


+ Felipe Arizmendi Esquivel

HECHOS
La reciente destitución del director del banco del Vaticano y la filtración de documentos reservados al Papa, que reflejan posibles irregularidades internas, han dado lugar a que algunos se solacen desacreditando la autoridad moral que tiene nuestra Iglesia y a que personas débiles en su fe desconfíen, duden y se alejen. Sufrimos burlas y descalificaciones, que se suman al descrédito por los vergonzosos crímenes de pederastia clerical. Cuando inculquemos valores evangélicos o denunciemos el pecado, nos van a echar en cara estos hechos; los que no quieren reconocer sus fallas ni convertirse, se defienden aludiendo tanto a errores innegables del pasado, como a situaciones actuales nada coherentes con la fe.
En todas partes y en todas las instancias de autoridad, recibimos documentos de toda índole; por ejemplo, unos a favor de un sacerdote, y otros en contra. Nuestro deber pastoral es escuchar, analizar y tomar decisiones; pero si se divulgan sólo las opiniones desfavorables, no hay objetividad. En el caso de la Santa Sede, es normal que al Papa le lleguen escritos de toda clase, para que tenga suficiente información y decida lo pertinente; pero no por el hecho de que le lleguen denuncias y se divulguen, ya por eso todas son verídicas y justas. Muchas veces el escándalo se basa en hechos no comprobados.

CRITERIOS
Que hay pecado en la Iglesia, es inocultable; así ha sido siempre, dada la condición humana de quienes la integramos, de fieles y jerarquía. Esto no es privativo de la católica, sino que existe en las más diversas denominaciones religiosas. En días recientes, visitando un centro penitencial, los internos me informaron que fue detenido un pastor protestante quien, bajo la apariencia de llevar la Palabra de Dios, introducía droga al penal. Otro más, que despotricaba contra los “católicos borrachos”, ahora está recluido en un centro de rehabilitación para alcohólicos. El pecado, pues, existe en toda la humanidad. Esto no es para autojustificarse, pues el pecado siempre es reprobable y hay que luchar contra él. Todos los días, al empezar la Misa, reconocemos nuestra condición de pecadores y pedimos perdón.

La Biblia nos ilumina. Caín no toleraba que su hermano Abel fuera mejor, y lo mató. El rey Saúl no soportaba que David fuera más exitoso, y trató de eliminarlo. La envidia y la ambición de poder corroen el corazón humano. Los apóstoles, escogidos por Jesús, peleaban entre sí por los primeros puestos; uno de ellos se dejó corromper por sus ambiciones personales. San Pablo advertía a los creyentes de Galacia: “Háganse servidores los unos de los otros por amor. Porque toda la ley se resume en un solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si ustedes se muerden y devoran mutuamente, acabarán por destruirse… Son manifiestas las obras que proceden del desorden egoísta del hombre: las enemistades, los pleitos, las rivalidades, las rencillas, las divisiones, las discordias, las envidias…; quienes hacen estas cosas, no conseguirán el Reino de Dios… Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu. No busquemos la gloria vana provocándonos los unos a los otros y envidiándonos mutuamente” (Gál 5,13-26).
Ha dicho el Papa: “La Iglesia no existe para sí misma, no es el punto de llegada, sino que debe remitir más allá de sí misma, hacia lo alto, por encima de nosotros. La Iglesia es verdaderamente ella misma en la medida en que deja transparentar al Otro”; es decir, a Jesucristo; sin embargo, “nuestras divisiones hacen que nuestro testimonio de Cristo sea menos luminoso”. Pero, “a pesar de los problemas y la trágica realidad de las persecuciones, la Iglesia no se desalienta”.

PROPUESTAS
Yo creo que Jesús sigue vivo en esta su Iglesia, fundada por El, a pesar de sus limitaciones. Te invito a madurar en tu fe y en tu amor, a buscar a Jesús en tu comunidad de creyentes, en los pobres, en los sacramentos y en tus ministros, máxime en el Papa, y no alejarte ni desanimarte por nuestras fallas. Ayúdanos, con tu oración y tus consejos, a purificarnos y santificarnos, para que seamos un sacramento vivo de Jesús.

PRESENTACIÓN DEL “AÑO DE LA FE

Ciudad del Vaticano, junio 2012 (VIS).-

La Oficina de Prensa de la Santa Sede ha tenido lugar la presentación del “Año de la Fe” (11 de octubre 2012- 24 de noviembre 20123). Intervinieron en el acto el arzobispo Rino Fisichella y monseñor Graham Bell, respectivamente presidente y subsecretario del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización.

El arzobispo Fisichella ilustró también el calendario de los grandes acontecimientos que tendrán lugar a Roma en el curso del Año de la Fe y presentó el sito Internet y el logo que caracterizará todos los eventos del Año.

“Benedicto XVI, en su carta apostólica 'Porta Fidei' -dijo el prelado- hablaba de la exigencia de volver a descubrir el camino de la fe para resaltar cada vez más la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. A la luz de este pensamiento (...) ha convocado un 'Año de la Fe' que comenzará en coincidencia con dos aniversarios: el quincuagésimo de la apertura del Concilio Vaticano II (1962) y el vigésimo de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica (1992) ...El Año de la Fe se propone, ante todo, sostener la fe de tantos creyentes que, en medio de la fatiga cotidiana, no cesan de confiar, con convicción y valentía ,su existencia al Señor Jesús. Su testimonio, que no es noticia (...) es el que permite a la Iglesia presentarse al mundo de hoy, como en pasado, con la fuerza de la fe y con el entusiasmo de los sencillos”.

Por otra parte, este Año “ se inserta en un contexto más amplio, caracterizado por una crisis generalizada que atañe también a la fe (...)La crisis de fe es la expresión dramática de una crisis antropológica que ha dejado al ser humano abandonado a sí mismo (...) Es necesario ir más allá de la pobreza espiritual en que se encuentran muchos contemporáneos, que ya no perciben la ausencia de Dios en su vida, como una carencia que debe ser colmada. El Año de la Fe quiere ser un camino que la comunidad cristiana brinda a los que viven con nostalgia de Dios y con el deseo de encontrarlo de nuevo”.

Así, el programa toca “la vida diaria de cada creyente y la pastoral ordinaria de la comunidad cristiana para que se vuelva a encontrar el espíritu misionero necesario para dar vida a la nueva evangelización”. En este ámbito, el arzobispo anunció que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha aprobado el formulario de una Misa especial 'Para la Nueva Evangelización'. “Es un signo para que en este año (...) se de la primacía a la oración y especialmente a la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana”.

A continuación, el arzobispo presentó el logo del Año de la Fe: una barca, imagen de la Iglesia, cuyo mástil es una cruz con las velas desplegadas y el trigrama de Cristo (IHS). El sol, en el fondo, recuerda la Eucaristía. El sito del evento www.annusfidei.va, en diversos idiomas, se podrá consultar a través de todos los dispositivos móviles y tablets. También está listo el himno oficial: “Credo, Domine, adauge nobis fidem”. Asimismo, a primeros de septiembre se publicará, en diversos idiomas, el Subsidio pastoral “Vivir el Año de la Fe”.Una pequeña imagen del Cristo de la catedral de Cefalú (Sicilia), en cuyo reverso está escrita la Profesión de Fe, acompañará a los fieles y peregrinos a lo largo del Año.

Por último, dio a conocer el calendario de los eventos más importantes que contarán con la presencia del Santo Padre y se celebrarán en Roma; entre ellos la apertura del Año de la Fe que “tendrá lugar en la Plaza de San Pedro, el jueves 11 de octubre, quincuagésimo aniversario del Concilio Vaticano II. Habrá una solemne concelebración eucarística con todos los Padres sinodales, los presidentes de las Conferencias Episcopales del mundo entero y los últimos Padres conciliares.

El 21 de octubre se canonizarán 7 mártires y confesores de la fe: el francés Jacques Barthieu; el filipino Pedro Calugsod; el italiano Giovanni Battista Piamarta; la española María del Carmen; la iroquesa Katheri Tekakwhita y las alemanas Madre Marianne (Barbara Cope) y Anna Schäffer. El 25 de enero de 2013, en la tradicional celebración ecuménica en la basílica romana de San Pablo Extramuros, se rezará para que “ a través de la profesión común del Símbolo los cristianos (...) no olviden el camino de la unidad”. El 28 de abril el Santo Padre confirmará a un grupo de jóvenes. El domingo 5 de mayo, estará dedicado a la piedad popular y a la labor de las cofradías.

El 18 de mayo, vigilia de Pentecostés, los movimientos antiguos y nuevos se reunirán en la Plaza de San Pedro. El domingo 2 de junio, Corpus Christi, habrá una solemne adoración eucarística y, a la misma hora, en todas las catedrales e iglesias del mundo. El domingo, 16 de junio, estará dedicado al testimonio del Evangelio de la Vida. El 7 de julio, concluirá en la Plaza de San Pedro, la peregrinación de los seminaristas, novicias y novicios de todo el mundo. El 29 de septiembre, los protagonistas serán los catequistas en el aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. El 13 de octubre está dedicado a la presencia de María en la Iglesia. Por último, el 24 de noviembre se celebrará la jornada de clausura del Año.

Diversos dicasterios tienen en programa iniciativas publicadas en el calendario. El Año se enriquecerá con eventos culturales, entre los cuales, una exposición sobre San Pedro en Castel Sant'Angelo (7 febrero- 1 mayo 2013) y un concierto en la Plaza de San Pedro (22 de junio 2013)

Meditación de Benedicto XVI en la audiencia General


'EN LA ORACIÓN APRENDEMOS A VER 
LOS SIGNOS DEL PLAN MISERICORDIOSO DE DIOS'

 CIUDAD DEL VATICANO, junio 2012 (ZENIT.org).- La Audiencia General de esta mañana ha tenido lugar a las 10,30 en el Aula Pablo VI, donde Benedicto XVI se encontró con grupos de peregrinos llegados de Italia y de otros países. En el discurso en lengua italiana, el papa, siguiendo su catequesis sobre la oración en las Cartas de san Pablo, centró su meditación en el primer capítulo de la Carta a los Efesios. Ofrecemos el texto de la meditación del papa.

*****
Queridos hermanos y hermanas:
Nuestra oración es muy a menudo, una petición de ayuda en momentos de necesidad. Y esto es normal para el hombre porque necesitamos ayuda, necesitamos de los demás, necesitamos de Dios. Así es que para nosotros es normal pedirle algo a Dios, buscar su ayuda; y debemos tener en cuenta que la oración que el Señor nos enseñó: el "Padre nuestro" es una oración de petición, y con esta oración el Señor nos enseña la importancia de nuestra oración, limpia y purifica nuestros deseos, y de este modo limpia y purifica nuestro corazón. Así es que, si de por sí es algo normal que en la oración pidamos alguna cosa, no debería ser siempre así.

Hay también ocasión para dar gracias, y si estamos atentos, veremos que recibimos de Dios tantas cosas buenas: es tan bueno con nosotros que conviene, es necesario darle gracias. Y esta debe ser también una oración de alabanza: si nuestro corazón está abierto, a pesar de todos los problemas, apreciamos también la belleza de su creación, la bondad que nos muestra en su creación. Por lo tanto, no solo debemos pedirle, sino también alabar y dar gracias: solo así nuestra oración es completa. En sus cartas, san Pablo no habla solo de la oración, sino que también presenta oraciones de petición, oraciones de alabanza y de bendición por lo que Dios ha hecho y sigue realizando en la historia de la humanidad.

Y hoy quisiera detenerme en el primer capítulo de la Carta a los Efesios, que comienza justamente con una oración, que es un himno de bendición, una expresión de gratitud, de alegría. San Pablo bendice a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque en Él nos hizo "conocer el misterio de su voluntad" (Ef. 1,9). En realidad hay razón para dar gracias porque Dios nos hace conocer lo que está oculto: su voluntad con nosotros, para nosotros, "el misterio de su voluntad." "Mysterion", "Misterio": un término que se repite con frecuencia en la sagrada escritura y en la liturgia. No quisiera entrar ahora en la filología, pero en el lenguaje común significa lo que no se puede conocer, una realidad que no podemos abarcar con nuestra propia inteligencia. El himno que abre la Carta a los Efesios nos lleva de la mano hacia un significado más profundo de este término y de la realidad que nos muestra. Para los creyentes, el "misterio" no es tanto lo desconocido, sino sobre todo la voluntad misericordiosa de Dios, su diseño de amor que en Jesucristo se ha revelado plenamente y nos da la posibilidad de "comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo" (Ef. 3,18-19).

El "misterio desconocido" de Dios se ha revelado, y es que Dios nos ama, y nos ama desde el principio, desde la eternidad. Detengámonos un poco sobre esta oración solemne y profunda. "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo" (Ef. 1,3). San Pablo utiliza el verbo "euloghein", que normalmente traduce la palabra hebrea "barak": que es alabar, glorificar, dar gracias a Dios Padre como el origen de los bienes de la salvación, como Aquel que "nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo". El Apóstol agradece y alaba, pero también reflexiona sobre las razones que empujan al hombre a esta alabanza, a este agradecimiento presentando los elementos clave del plan divino y sus etapas. En primer lugar tenemos que bendecir a Dios Padre porque --como escribe san Pablo--, Él "nos escogió antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor" (v. 4). Lo que nos hace santos y sin mancha es la caridad.

Dios nos ha llamado a la existencia, a la santidad. Y esta elección precede incluso a la creación del mundo. Desde siempre hemos estado en su plan, en su mente. Con el profeta Jeremías, podemos decir también nosotros que antes de formarnos en el vientre de nuestra madre, Él ya nos ha conocido (cf. Jr. 1,5); y conociéndonos nos ha amado. La vocación a la santidad, es decir, a la comunión con Dios, pertenece al plan eterno de este Dios, un diseño que se extiende en la historia y abarca a todos los hombres y mujeres del mundo, porque es una llamada universal. Dios no excluye a nadie, su plan es solo de amor. San Juan Crisóstomo dice: "Dios mismo nos ha hecho santos, por lo que estamos llamados a ser santos. Santo es aquel que vive en la fe" (Omelie sulla Lettera agli Efesini, 1,1,4). San Pablo continúa: Dios nos ha predestinado, nos ha elegido para ser "hijos adoptivos por medio de Jesucristo", a ser incorporados en su Hijo unigénito.

El Apóstol pone de relieve la generosidad de este maravilloso plan de Dios para la humanidad. Dios nos escoge no porque seamos buenos, sino porque Él es bueno. En la antigüedad había una palabra sobre la bondad: bonum est diffusivum sui; el bien se comunica, es parte de la esencia del bien que se comunique, que se extienda. Es así porque Dios es la bondad, es la comunicación de la bondad, Él quiere comunicar; Él crea porque quiere comunicarnos su bondad y hacernos buenos y santos. En el centro de la oración de bendición, el Apóstol muestra la forma en que se lleva a cabo el plan de salvación del Padre en Cristo, en su Hijo amado. Escribe: "En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia" (Ef. 1,7).

El sacrificio de la cruz de Cristo es el acontecimiento único e irrepetible con el que el Padre ha demostrado brillantemente su amor por nosotros, no solo con palabras, sino en términos concretos. Dios es tan real y su amor es tan real que entra en la historia, se hace hombre para sentir qué es, cómo es vivir en este mundo creado, y acepta el camino de sufrimiento de la pasión, sometido también a la muerte. Así de real es el amor de Dios, que participa no solo en nuestro ser, sino en nuestro sufrir y morir. El sacrificio de la cruz significa que llegamos a ser "propiedad de Dios", porque la sangre de Cristo nos ha rescatado del pecado, nos limpia de todo mal, nos saca de la esclavitud del pecado y de la muerte. San Pablo nos invita a considerar qué tan profundo es el amor de Dios que transforma la historia, que ha transformado su vida de perseguidor de los cristianos a un apóstol incansable del Evangelio. Se hacen eco una vez más, las tranquilizadoras palabras de la Carta a los Romanos: "Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?... Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm. 8,31-32.38-39).

Esta certeza --Dios está por nosotros, y ninguna criatura podrá separarnos de Él, porque su amor es más fuerte--, tenemos que insertarla en nuestro ser, en nuestra conciencia de cristianos. Por último, la bendición divina se cierra con una referencia al Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones; el Paráclito que hemos recibido como un sello prometido: "Él --dice Pablo--, es prenda de nuestra herencia, para redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria" (Ef. 1,14).
La redención no es todavía completa --lo escuchamos--, pero encontrará su plena realización cuando aquellos que Dios ha adquirido sean totalmente salvos. Nosotros todavía estamos en el camino de la redención, cuya realidad esencial se ha dado con la muerte y resurrección de Jesús. Estamos en el camino a la redención definitiva, hacia la plena liberación de los hijos de Dios. Y el Espíritu Santo es la certeza de que Dios llevará a cumplimiento su plan de salvación, cuando conduzca "a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef. 1,10).
San Juan Crisóstomo comenta sobre este punto: "Dios nos escogió por la fe y ha marcado en nosotros el sello de la herencia de la gloria futura" (Omelie sulla Lettera agli Efesini 2,11-14). Tenemos que aceptar que el camino de nuestra redención es también nuestro camino, porque Dios quiere criaturas libres, que digan libremente que sí; pero es sobre todo y primero, Su camino. Estamos en sus manos y ahora es nuestra libertad el ir en el camino abierto por Él. Vamos por este camino de la redención, junto con Cristo, y sentimos que la redención se realiza. La visión que nos presenta san Pablo en esta gran oración de bendición, nos ha llevado a contemplar la acción de las tres Personas de la Santísima Trinidad: el Padre que nos ha elegido antes de la fundación del mundo, ha pensado en nosotros y nos ha creado; el Hijo que nos ha redimido por su sangre, y la promesa del Espíritu Santo, prenda de nuestra redención y de la gloria futura.

En la oración constante, en la relación diaria con Dios, aprendemos también nosotros, como san Pablo, a distinguir con más claridad los signos de este diseño y de esta acción: de la belleza del Creador, en la belleza que surge de sus criaturas (cf. Ef 3,9 ), como lo canta san Francisco de Asís: "Alabado sea mi Señor, con todas tus criaturas" (FF 263). Es importante estar atento aún ahora, en el periodo de las vacaciones, a la belleza de la creación y ver revelarse en esta belleza el rostro de Dios. En sus vidas, los santos indican de modo brillante qué puede hacer el poder de Dios en la debilidad del hombre. Y puede hacerlo también con nosotros. En toda la historia de la salvación, en la que Dios se ha hecho cercano a nosotros y espera pacientemente nuestros tiempos, incluyendo nuestras infidelidades, alienta nuestros esfuerzos y nos guía.

En la oración aprendemos a ver los signos de este plan misericordioso en el camino de la Iglesia. Así, crecemos en el amor de Dios, abriendo la puerta a fin de que la Santísima Trinidad venga a morar en nosotros, ilumine, caliente, guíe nuestra existencia. "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn. 14,23), dice Jesús, prometiendo a sus discípulos el don del Espíritu Santo, que enseñará todo. San Ireneo dijo una vez que en la Encarnación el Espíritu Santo se ha habituado a estar en el hombre. En la oración, nosotros debemos habituarnos a estar con Dios. Esto es muy importante, que aprendamos a estar con Dios, y así veremos lo hermoso que es estar con Él, que es la redención.

Queridos amigos, cuando la oración alimenta nuestra vida espiritual nos volvemos capaces de conservar aquello que san Pablo llama "el misterio de la fe" en una conciencia pura (cf. 1 Tm. 3,9). La oración como una forma de "acostumbrarse" a estar junto a Dios, crea hombres y mujeres animados no por el egoísmo, del deseo de poseer, de la sed de poder, sino de la gratuidad, del deseo de amar, de la sed por servir, es decir, animados por Dios; y solo así se puede llevar luz a la oscuridad del mundo. Quisiera concluir esta catequesis con el epílogo de la Carta a los Romanos. Con san Pablo, también nosotros damos gloria a Dios porque nos ha dicho todo acerca de sí en Jesucristo y nos ha dado al Consolador, el Espíritu de la verdad. San Pablo escribe al final de la Carta a los Romanos: "A Aquel que puede consolidarlos conforme al Evangelio mío y la predicación de Jesucristo: revelación de un Misterio mantenido en secreto durante siglos eternos, pero manifestado al presente, por las Escrituras que lo predicen, por disposición del Dios eterno, dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la fe, a Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! Amén" (16, 25-27). Gracias.

Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.
©Librería Editorial Vaticana

viernes, 1 de junio de 2012

Entrevista a Mons. Ángel Garachana por el Diario La Prensa

Este mes San Pedro Sula arriba a sus 476 años de fundación y ha representado el motor económico del país, pero en la actualidad sufre un deterioro continuo.
Ángel Garachana, obispo de la Diócesis de San Pedro Sula desde hace 17 años, dice que basta caminar por las calles para observar el estancamiento de la ciudad desde la última década.
El prelado también compartió con LA PRENSA su opinión sobre la violencia que azota a todo el país y lo que espera de las acciones que ejecuta el Gobierno para devolverle la paz a la ciudadanía.


- ¿Cómo ve en general a San Pedro Sula?
Yo creo que para todos es claro el deterioro que sufre San Pedro Sula. Por poner un tiempo, desde el exalcalde Óscar Kilgore llevamos una docena de años que la ciudad está sufriendo un deterioro en todos los aspectos. Basta caminar por las calles. Es una ciudad compleja, se requiere capacidad para gobernar la ciudad, un buen trabajo en equipo, sanear tantas cosas del pasado de corrupción.
Se requieren planteamientos profesionales y justos para sacar adelante a esta ciudad tan emprendedora pero que está tan estancada y deteriorada.

- ¿Qué aspectos de la ciudad le preocupan más?
Desde los aspectos más exteriores. Empecemos a caminar por nuestras calles. Si uno tiene que ir con la vista en el suelo porque si no, tropezón seguro, eso en las calles pavimentadas. Pensemos cuántas aceras han sido invadidas por negocios privados.
Solamente con que la Municipalidad reconquistara las aceras y pusiera la correspondiente multa a quien las ha acaparado y los debidos impuestos a quien use los espacios públicos para un negocio privado, tuviéramos buenos ingresos.
La limpieza, que no solo es responsabilidad de las autoridades, sino de todos. Pero vayamos a las zonas marginales. Vayamos a Chamelecón y Rivera Hernández que son como ciudades con casi 200 mil habitantes.
Cuántos kilómetros hay pavimentados en esos sectores, cuántos servicios están recibiendo. Hay un conjunto de servicios a los que tienen derecho y no están siendo atendidos. Y si vamos a los bordos, es cierto que la problemática de la gente que emigra a la ciudad desborda. Hay otro tema que nunca se suele tocar, el del subsuelo de la ciudad.
Qué pasa cuando llueve, toda la infraestructura de alcantarillado está colapsando ¿qué municipalidad afronta esto? Pensemos en otra cosa, todas las instalaciones eléctricas. Es un milagro que no haya más problemas eléctricos. ¿cuándo va a llegar el día que sean subterráneas. Hay muchos retos pendientes.

- ¿Tiene esperanzas que se revierta la situación actual de violencia?
La esperanza no quiero perderla. Voy a ser sincero, una de mis tentaciones en estos últimos años es la desesperanza.
Quizá uno diga ¿qué tentaciones tiene un obispo? viendo la realidad, a veces me entra el desaliento, adónde vamos.
Parece que en muchas situaciones vamos a peor.
La sensación de desaliento, de decepción, de fracaso, las ganas de decir de qué sirve tanto esfuerzo.
Esa tentación surge y no lo niego, yo comprendo que no podemos ceder a la tentación de la desesperanza porque allí sí estamos perdidos y vendidos.
La esperanza hay que mantenerla, solo manteniendo la esperanza de que una Honduras es posible vamos a esforzarnos para ello.

-¿Estaría de acuerdo con un desarme general?
Los jóvenes de la pastoral católica de Tegucigalpa han organizado una marcha y a lo largo van a compartir reflexiones de la vida del joven en la Iglesia y sociedad. Este año lanzan la propuesta del desarme. La iniciativa es de ellos. Para mí es motivo de alegría que los jóvenes pidan un desarme, pero han sido finos y agudos. Piden un desarme de la conciencia, un desarme moral  y de las armas físicas. Hay que desarmar la conciencia de la agresividad, del odio, de la violencia y también las armas de la destrucción.
Ojalá se planteara seriamente en el país un desarme general. Llevamos mucho tiempo hablando de ello y estamos pidiendo un análisis profundo porque buscamos la paz ciudadana.

- ¿Cómo ve la depuración de la Policía Nacional?
Es algo tan claro, está pedido, se ha creado una comisión, pero los resultados hasta ahora son muy escasos. Yo creo que todos tenemos claro por los hechos que han ocurrido que se necesita una depuración del cuerpo policial. Se necesita una policía más profesional, también un salario justo y apropiado a la capacitación y riesgo que tiene la profesión y una depuración de todos aquellos miembros de la Policía en todos los niveles, no solo los de abajo.
En mi relación con la gente, pueblos, aldeas y colonias observo que nuestro pueblo no se fía de la Policía. Mientras no tengamos una policía que sea querida y valorada por el pueblo, no se logrará que cumpla con su finalidad. De allí la importancia de una depuración real, que no se quede en palabras.

- ¿Qué espera la Iglesia de las nuevas autoridades de la Policía?
Ya van cambiando de unas autoridades a otras. Lo que nosotros esperamos es que cumplan la función para la que han sido nombradas. Tienen finalidades como autoridades de defender a la ciudadanía, investigar el crimen.
Que sean ellos los primeros capacitados que tengan una ética limpia y capacidad de dirigir la Policía Preventiva y de Investigación; sean personas profesionales y con capacidad de coordinación y orientación y capacidad de relación con las otras instancias del Gobierno, sobre todo con el sistema judicial.

- ¿Qué consejo le daría al nuevo director de la Policía Nacional, Juan Carlos Bonilla?
No me atrevo a darle un consejo, quizá me pueda decir: “Monseñor, usted no sabe de estas cosas”, pero como autoridad, él está para servir. Yo soy autoridad en la Iglesia y yo me digo a mí mismo cuál es el fin de mi autoridad
¿Cuáles son los fines que yo debo cumplir? Dedicarme con entrega a esos fines. Segundo, prepararme y capacitarme para responder al cargo que se me ha dado; tercero, no trabajar solo, sino en equipo.
La conciencia de que está para prestar un servicio de calidad y responsabilidad. No dejarse corromper, mantenerse íntegro  y crear un buen cuerpo de colaboradores porque uno solo  es muy difícil que logre los objetivos de la institución policial.

- ¿A su juicio quiénes son los llamados para que los niños de hoy no sean los delincuentes del mañana?
Primero es la familia, es la tierra primera en la que nace y se educa el niño.  La Iglesia y el Estado deben trabajar en fortalecer la familia; el segundo ámbito es la escuela que no solo es el lugar adonde se transmiten aspectos de conocimiento, sino también en valores.
Allí es donde uno se pregunta en las escuelas, colegios, ¿están educando en valores? ¿Están aprendiendo de sus maestros a respetar, valorar a los demás o a tirar piedras en las calles? La escuela ejerce una influencia grande. Y el tercer medio, también educa la Iglesia. Hoy tienen mucha fuerza también los medios de comunicación.

Copilaciòn diario La Prensa, Honduras

martes, 29 de mayo de 2012

Oración por las Familias 2012


Dios Padre,
fuente de toda paternidad, que has creado el mundo y lo conservas, 
Dios Hijo que, para salvarnos, has compartido la condición humana 
hasta la muerte y a la muerte de cruz, 
Dios Espíritu Santo, que llamándonos a la comunión divina 
renuevas cada relación nuestra, 
mira a las familias aquí convocadas de cada parte del mundo 
por la afectuosa invitación de Papa Benedicto. 

Señor Jesús, dónanos vivir a la escuela de la Santa Familia de Nazaret 
en la cual Tú has crecido en sabiduría, edad y gracia. 
Santa Maria, virgen y esposa, madre del  amor bello, 
haz que, como tú, tengamos fija la mirada sobre Jesús 
para custodiar sus palabras y acciones, 
enséñanos a amar sin reservas y sin miedo del sacrificio. 
San José, 
enséñanos la vía del amor nupcial apasionado y casto, 
la paternidad fuerte y tierna, 
el gusto del trabajo asiduo y generoso. 
Virgencita, 
que de lo alto de la Catedral abres los brazos sobre tus hijos, 
protege la Iglesia, 
A ti confiamos nuestras familias, 
sobre todo las que se encuentran en dificultad, 
Custodia a nuestros niños, 
enseña a los chicos y los jóvenes a comprometerse  con los talentos recibidos 
para convertirse en protagonistas de la vida buena 
sostén a los enfermos, los ancianos, los moribundos, 
socorre a los pobres.. 
Acoge nuestra súplica e intercede. 
Amén

miércoles, 23 de mayo de 2012


Presentado el Encuentro mundial programado en Milán

Las familias protagonistas en la sociedad y en la Iglesia

 Más de un millón de fieles de noventa naciones se esperan para la misa de Benedicto XVI; trescientos mil se prevén para la Fiesta de los testimonios; cincuenta mil visitarán la Feria internacional, con sus cien casetas. Además se han preparado treinta y cuatro mil camas para once mil familias durante el tiempo del acontecimiento, trece mil a disposición de las parroquias y cincuenta mil para la «acogida ligera» con saco de dormir; cinco mil voluntarios, casi siete mil inscritos en el Congreso internacional teológico-pastoral –más de la mitad procedentes de América del sur, Europa y África- ; y se han recogido cincuenta mil euros para el Fondo de acogida de las familias de todo el mundo. A una semana de la apertura del VII Encuentro mundial de las familias, que tendrá lugar del 30 de mayo al 3 de junio, todo está listo en Milán para el magno acontecimiento y para acoger a Benedicto XVI, que participará en las celebraciones conclusivas. Lo han dado a conocer este martes 22 de mayo por la mañana los dos principales organizadores, los cardenales Angelo Scola, arzobispo ambrosiano, y Ennio Antonelli, presidente del Pontificio Consejo para la Familia, hablando, juntamente con el profesor Pierpaolo Donati, catedrático de sociología de la Universidad de Bolonia, a los periodistas acreditados ante la Sala de Prensa de la Santa Sede.

martes, 17 de abril de 2012

Mensaje de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 2012


MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PARA LA XLIX JORNADA MUNDIAL
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
29 DE ABRIL DE 2012 – IV DOMINGO DE PASCUA

TemaLas vocaciones don de la caridad de Dios

Queridos hermanos y hermanas
La XLIX Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará el 29 de abril de 2012, cuarto domingo de Pascua, nos invita a reflexionar sobre el tema: Las vocaciones don de la caridad de Dios.
La fuente de todo don perfecto es Dios Amor -Deus caritas est-: «quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). La Sagrada Escritura narra la historia de este vínculo originario entre Dios y la humanidad, que precede a la misma creación. San Pablo, escribiendo a los cristianos de la ciudad de Éfeso, eleva un himno de gratitud y alabanza al Padre, el cual con infinita benevolencia dispone a lo largo de los siglos la realización de su plan universal de salvación, que es un designio de amor. En el Hijo Jesús –afirma el Apóstol– «nos eligió antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef 1,4). Somos amados por Dios incluso “antes” de venir a la existencia. Movido exclusivamente por su amor incondicional, él nos “creó de la nada” (cf. 2M 7,28) para llevarnos a la plena comunión con Él.

Lleno de gran estupor ante la obra de la providencia de Dios, el Salmista exclama: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que te cuides de él?» (Sal 8,4-5). La verdad profunda de nuestra existencia está, pues, encerrada en ese sorprendente misterio: toda criatura, en particular toda persona humana, es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno (cf. Jr 31,3). El descubrimiento de esta realidad es lo que cambia verdaderamente nuestra vida en lo más hondo. 

En una célebre página de lasConfesiones, san Agustín expresa con gran intensidad su descubrimiento de Dios, suma belleza y amor, un Dios que había estado siempre cerca de él, y al que al final le abrió la mente y el corazón para ser transformado: «¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti» (X, 27,38). Con estas imágenes, el Santo de Hipona intentaba describir el misterio inefable del encuentro con Dios, con su amor que transforma toda la existencia.

Se trata de un amor sin reservas que nos precede, nos sostiene y nos llama durante el camino de la vida y tiene su raíz en la absoluta gratuidad de Dios. Refiriéndose en concreto al ministerio sacerdotal, mi predecesor, el beato Juan Pablo II, afirmaba que «todo gesto ministerial, a la vez que lleva a amar y servir a la Iglesia, ayuda a madurar cada vez más en el amor y en el servicio a Jesucristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia; en un amor que se configura siempre como respuesta al amor precedente, libre y gratuito, de Dios en Cristo» (Exhort. ap. Pastores dabo vobis, 25).  En efecto, toda vocación específica nace de la iniciativa de Dios; es don de la caridad de Dios. Él es quien da el “primer paso” y no como consecuencia de una bondad particular que encuentra en nosotros, sino en virtud de la presencia de su mismo amor «derramado en nuestros corazones por el Espíritu» (Rm 5,5).

En todo momento, en el origen de la llamada divina está la iniciativa del amor infinito de Dios, que se manifiesta plenamente en Jesucristo. Como escribí en mi primera encíclica Deus caritas est«de hecho, Dios es visible de muchas maneras. En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente. El Señor tampoco ha estado ausente en la historia sucesiva de la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres en los que Él se refleja; mediante su Palabra, en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía» (n. 17).

El amor de Dios permanece para siempre, es fiel a sí mismo, a la «palabra dada por mil generaciones» (Sal 105,8). Es preciso por tanto volver a anunciar, especialmente a las nuevas generaciones, la belleza cautivadora de ese amor divino, que precede y acompaña: es el resorte secreto, es la motivación que nunca falla, ni siquiera en las circunstancias más difíciles.

Queridos hermanos y hermanas, tenemos que abrir nuestra vida a este amor; cada día Jesucristo nos llama a la perfección del amor del Padre (cf. Mt 5,48). La grandeza de la vida cristiana consiste en efecto en amar “como” lo hace Dios; se trata de un amor que se manifiesta en el don total de sí mismo fiel y fecundo. San Juan de la Cruz, respondiendo a la priora del monasterio de Segovia, apenada por la dramática situación de suspensión en la que se encontraba el santo en aquellos años, la invita a actuar de acuerdo con Dios: «No piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios. Y donde no hay amor, ponga amor, y sacará amor» (Epistolario, 26).

En este terreno oblativo, en la apertura al amor de Dios y como fruto de este amor, nacen y crecen todas las vocaciones. Y bebiendo de este manantial mediante la oración, con el trato frecuente con la Palabra y los Sacramentos, especialmente la Eucaristía, será posible vivir el amor al prójimo en el que se aprende a descubrir el rostro de Cristo Señor (cf. Mt 25,31-46). Para expresar el vínculo indisoluble que media entre estos “dos amores”  –el amor a Dios y el amor al prójimo– que brotan de la misma fuente divina y a ella se orientan, el Papa san Gregorio Magno se sirve del ejemplo de la planta pequeña: «En el terreno de nuestro corazón, [Dios] ha plantado primero la raíz del amor a él y luego se ha desarrollado, como copa, el amor fraterno» (Moralium Libri, sive expositio in Librum B. Job, Lib. VII, cap. 24, 28; PL 75, 780D).

Estas dos expresiones del único amor divino han de ser vividas con especial intensidad y pureza de corazón por quienes se han decidido a emprender un camino de discernimiento vocacional en el ministerio sacerdotal y la vida consagrada; constituyen su elemento determinante. En efecto, el amor a Dios, del que los presbíteros y los religiosos se convierten en imágenes visibles –aunque siempre imperfectas– es la motivación de la respuesta a la llamada de especial consagración al Señor a través de la ordenación presbiteral o la profesión de los consejos evangélicos. La fuerza de la respuesta de san Pedro al divino Maestro: «Tú sabes que te quiero» (Jn 21,15), es el secreto de una existencia entregada y vivida en plenitud y, por esto, llena de profunda alegría.

La otra expresión concreta del amor, el amor al prójimo, sobre todo hacia los más necesitados y los que sufren, es el impulso decisivo que hace del sacerdote y de la persona consagrada alguien que suscita comunión entre la gente y un sembrador de esperanza. La relación de los consagrados, especialmente del sacerdote, con la comunidad cristiana es vital y llega a ser parte fundamental de su horizonte afectivo. A este respecto, al Santo Cura de Ars le gustaba repetir: «El sacerdote no es sacerdote para sí mismo; lo es para vosotros»(Le curé d’Ars. Sa pensée – Son cœur, Foi Vivante, 1966, p. 100).

Queridos Hermanos en el episcopado, queridos presbíteros, diáconos, consagrados y consagradas, catequistas, agentes de pastoral y todos los que os dedicáis a la educación de las nuevas generaciones, os exhorto con viva solicitud a prestar atención a todos los que en las comunidades parroquiales, las asociaciones y los movimientos advierten la manifestación de los signos de una llamada al sacerdocio o a una especial consagración. Es importante que se creen en la Iglesia las condiciones favorables para que puedan aflorar tantos “sí”, en respuesta generosa a la llamada del amor de Dios.

Será tarea de la pastoral vocacional ofrecer puntos de orientación para un camino fructífero. Un elemento central debe ser el amor a la Palabra de Dios, a través de una creciente familiaridad con la Sagrada Escritura y una oración personal y comunitaria atenta y constante, para ser capaces de sentir la llamada divina en medio de tantas voces que llenan la vida diaria. Pero, sobre todo, que la Eucaristía sea el “centro vital” de todo camino vocacional: es aquí donde el amor de Dios nos toca en el sacrificio de Cristo, expresión perfecta del amor, y es aquí donde aprendemos una y otra vez a vivir la «gran medida» del amor de Dios. Palabra, oración y Eucaristía son el tesoro precioso para comprender la belleza de una vida totalmente gastada por el Reino.

Deseo que las Iglesias locales, en todos sus estamentos, sean un “lugar” de discernimiento atento y de profunda verificación vocacional, ofreciendo a los jóvenes un sabio y vigoroso acompañamiento espiritual. De esta manera, la comunidad cristiana se convierte ella misma en manifestación de la caridad de Dios que custodia en sí toda llamada. Esa dinámica, que responde a las instancias del mandamiento nuevo de Jesús, se puede llevar a cabo de manera elocuente y singular en las familias cristianas, cuyo amor es expresión del amor de Cristo que se entregó a sí mismo por su Iglesia (cf. Ef 5,32). En las familias, «comunidad de vida y de amor» (Gaudium et spes48), las nuevas generaciones pueden tener una admirable experiencia de este amor oblativo. Ellas, efectivamente, no sólo son el lugar privilegiado de la formación humana y cristiana, sino que pueden convertirse en «el primer y mejor seminario de la vocación a la vida de consagración al Reino de Dios» (Exhort. ap. Familiaris consortio,53), haciendo descubrir, precisamente en el seno del hogar, la belleza e importancia del sacerdocio y de la vida consagrada. 

Los pastores y todos los fieles laicos han de colaborar siempre para que en la Iglesia se multipliquen esas «casas y escuelas de comunión» siguiendo el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret, reflejo armonioso en la tierra de la vida de la Santísima Trinidad.

Con estos deseos, imparto de corazón la Bendición Apostólica a vosotros, Venerables Hermanos en el episcopado, a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos, a las religiosas y a todos los fieles laicos, en particular a los jóvenes que con corazón dócil se ponen a la escucha de la voz de Dios, dispuestos a acogerla con adhesión generosa y fiel.
Vaticano, 18 de octubre de 2011
BENEDICTO XVI

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jueves, 12 de abril de 2012

lunes, 26 de marzo de 2012

sábado, 25 de febrero de 2012

EN DEFENSA DE LA VIDA

Comunicado de la Conferencia Episcopal de Honduras

«¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida? ¿Qué precio pagará por suvida?» (Mc 8, 36.37)

Jesucristo nos amó hasta el extremo de dar su vida para que, en él, tuviéramos vida eterna. Con es­tas dos preguntas que dirige a toda la humanidad, él nos invita a optar por la vida como don de Dios y a rechazar todo lo que atenta contra ella. Consideramos el respeto a la vida humana y a su digni­dad como un derecho natural que nadie puede violentar.

Con profundo dolor hemos vivido una nueva calamidad en el mundo carcelario que, en la Granja Pe­nal de Comayagua, ha provocado 360 víctimas mortales así como dolor y desesperación a sus familia­res. Pedimos a las autoridades correspondientes una completa investigación de los hechos, y, solidarizándonos con el comunicado del Obispo y el Presbiterio de la Diócesis de Comayagua, “Pedi­mos a las fuerzas vivas de la sociedad hondureña para que, unidos, exijamos a nuestras autorida­des mejorar las condiciones de reclusión y las medidas de seguridad humana en los cen­tros penales, para salvaguardar la integridad y la dignidad de los privados de libertad, y para que no se repita otra vez tan lamentable tragedia que hoy enluta a tantas familias hondureñas y nos entris­tece a todos.”

La situación deplorable de la mayoría de Centros Penales del país nos obliga a considerar este pro­blema como un grave atentado a los Derechos Humanos de las personas que viven privadas de liber­tad. Porque no se trata tan sólo del hacinamiento, la falta de higiene o de alimentación; se trata de todos los problemas de violencia, asesinatos, corrupción, tortura psicológica, drogadic­ción, inmoralidad, ilegalidad, etc. que se viven en el interior de las cárceles. De estas lamentables con­diciones, el Estado es responsable a través de las autoridades penitenciarias y también de los opera­dores de justicia, que mantienen una desmesurada mora judicial.

El problema de la violencia tiene, en Honduras, una gravedad inusitada que nos exige serias reflexio­nes y compromisos inspirados en los valores del Reino de Dios, que es Reino de Justicia, Amor y Paz.

La agresividad, que todos tenemos, es un dinamismo positivo que nos permite defendernos de peli­gros, amenazas y ataques. Pero una agresividad no educada o influenciada por modelos familia­res o sociales negativos, se traduce en actitudes de violencia.

La violencia es, también, una reacción humana frente a ciertas agresiones. Y en este sentido, hay razo­nes serias para temer estallidos de violencia no sólo en la población carcelaria sino en la pobla­ción general de Honduras que se siente constantemente agredida por aquellos miembros corrup­tos que están en el seno de las Fuerzas de Seguridad del Estado, por las consecuencias de la impunidad, por la falta de respuestas de los poderes del Estado a las demandas que son justas, por las promesas incumplidas y las políticas partidarias y populistas que benefician a unos pocos pero dis­gustan a la mayoría.

Se está construyendo una cultura que justifica las conductas violentas porque no es capaz de conde­nar el machismo, porque acepta la violencia como una consecuencia de la competitividad so­cial y admite como un hecho normal el desprecio y rechazo entre grupos sociales que, por sen­tirse y pensar distinto a los otros, se descalifican mutuamente y se enfrentan con violencia.

En una cultura así, la sociedad se vuelve incapaz de vislumbrar un futuro mejor, olvida sus valores y agota su moral. Y cuando esto sucede, se agota también la esperanza.

La Iglesia Católica, frente a esta realidad, presenta la propuesta de trabajar por “UNA CULTURA DEPAZ Y RESPETO POR LA VIDA”. Por medio de esta Campaña, elaborada por Caritas, se pretende crear un clima de respeto por la vida y la dignidad humana a nivel nacional, contribuyendo a la construc­ción de una sociedad tolerante y equitativa, centrada en el respeto y el bienestar de la per­sona humana.
Exhortamos, pues, a tomar parte activa en esta Campaña y convertirnos en instrumentos de la Paz que Cristo ofrece al mundo. Toda conversión encuentra un momento especial en el tiempo de Cua­resma que hemos iniciado este Miércoles de Ceniza: Conversión a Cristo, “nuestra paz” y al pró­jimo, nuestro hermano.

El Papa Benedicto XVI, en su mensaje con ocasión de la Cuaresma 2012 nos dice:
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Pero esa mirada de fraternidad que nos permite reconocer en el ser humano la imagen del Crea­dor y en cada hermano y hermana “otro yo”, sólo la vamos adquiriendo como fruto de una educa­ción recibida desde la infancia y consolidada en la juventud. El Papa Benedicto XVI, en su men­saje para la Jornada de la Paz del 2012, afirma que la educación es “la aventura más fasci­nante y difícil de la vida”. Considera el Papa, que educar en la verdad y la libertad, en cuanto que nos enseña a “reconocer con gratitud la vida como un don inestimable, lleva a descubrir la propia digni­dad profunda y la inviolabilidad de toda persona.”

La nueva LEY FUNDAMENTAL DE EDUCACIÓN, en su artículo 2 declara que la educación “Es el dere­cho humano que tiene toda persona de acceder al conocimiento que propicie el desarrollo de su personalidad y de sus capacidades, en condiciones de libertad e igualdad, teniendo como eje trans­versal el respeto a la dignidad del ser humano.”

Los grandes problemas administrativos, didácticos, económicos y políticos que padece el sistema educa­tivo en Honduras han de ir resolviéndose no sólo con la ayuda de una nueva Ley y sus reglamen­tos, sino, sobre todo, con el compromiso transparente del Estado, con la decidida participa­ción de la Comunidad Educativa y la auditoría social que debemos ejercer todos los ciudada­nos que queremos un mejor país.

En cuanto a la seguridad en Honduras, esta Conferencia Episcopal manifiesta su honda preocupa­ción por la fragilidad de las instituciones encargadas de cuidar la vida y los bienes de los que vivi­mos en el país. Últimamente la Policía Nacional, entidad tan necesaria para cumplir tales fines, se ha visto muy afectada por actos ilícitos, algunos realmente abominables, cometidos por miembros de esta institución. Pensamos que no todos los miembros de la Policía Nacional están involucra­dos en estos hechos, pero es importante descubrir y aplicar la ley a todos los que han estado partici­pando en actos delictivos que manchan la reputación de esa institución del Estado. Por lo tanto exigimos la depuración rápida y efectiva de la Policía Nacional, al mismo tiempo que ofrece­mos nuestros servicios espirituales para la formación integral.

Pedimos al Señor que nos renueve en la esperanza de la Vida eterna para que, desde esa espe­ranza, nos comprometamos todos los creyentes a hacer de esta vida humana un camino solidario que nos haga dignos de la salvación. La Palabra de Dios nos presenta un dilema ante el que tene­mos que optar: «Mira: hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha… Elige la vida, y vivirás tú y tu descendencia…» (Dt 30, 15.19b).

Que el Espíritu del Señor Jesús y su Madre, a quien invocamos como Virgen de Suyapa, iluminen el corazón de todos los hondureños y hondureñas para que seamos capaces de optar valiente­mente por la vida, don de Dios, y amarla, respetarla y defenderla con generosidad.

CONFERENCIA EPISCOPAL DE HONDURAS
Tegucigalpa, 24 de Febrero de 2012.

viernes, 24 de febrero de 2012