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viernes, 1 de junio de 2012

Entrevista a Mons. Ángel Garachana por el Diario La Prensa

Este mes San Pedro Sula arriba a sus 476 años de fundación y ha representado el motor económico del país, pero en la actualidad sufre un deterioro continuo.
Ángel Garachana, obispo de la Diócesis de San Pedro Sula desde hace 17 años, dice que basta caminar por las calles para observar el estancamiento de la ciudad desde la última década.
El prelado también compartió con LA PRENSA su opinión sobre la violencia que azota a todo el país y lo que espera de las acciones que ejecuta el Gobierno para devolverle la paz a la ciudadanía.


- ¿Cómo ve en general a San Pedro Sula?
Yo creo que para todos es claro el deterioro que sufre San Pedro Sula. Por poner un tiempo, desde el exalcalde Óscar Kilgore llevamos una docena de años que la ciudad está sufriendo un deterioro en todos los aspectos. Basta caminar por las calles. Es una ciudad compleja, se requiere capacidad para gobernar la ciudad, un buen trabajo en equipo, sanear tantas cosas del pasado de corrupción.
Se requieren planteamientos profesionales y justos para sacar adelante a esta ciudad tan emprendedora pero que está tan estancada y deteriorada.

- ¿Qué aspectos de la ciudad le preocupan más?
Desde los aspectos más exteriores. Empecemos a caminar por nuestras calles. Si uno tiene que ir con la vista en el suelo porque si no, tropezón seguro, eso en las calles pavimentadas. Pensemos cuántas aceras han sido invadidas por negocios privados.
Solamente con que la Municipalidad reconquistara las aceras y pusiera la correspondiente multa a quien las ha acaparado y los debidos impuestos a quien use los espacios públicos para un negocio privado, tuviéramos buenos ingresos.
La limpieza, que no solo es responsabilidad de las autoridades, sino de todos. Pero vayamos a las zonas marginales. Vayamos a Chamelecón y Rivera Hernández que son como ciudades con casi 200 mil habitantes.
Cuántos kilómetros hay pavimentados en esos sectores, cuántos servicios están recibiendo. Hay un conjunto de servicios a los que tienen derecho y no están siendo atendidos. Y si vamos a los bordos, es cierto que la problemática de la gente que emigra a la ciudad desborda. Hay otro tema que nunca se suele tocar, el del subsuelo de la ciudad.
Qué pasa cuando llueve, toda la infraestructura de alcantarillado está colapsando ¿qué municipalidad afronta esto? Pensemos en otra cosa, todas las instalaciones eléctricas. Es un milagro que no haya más problemas eléctricos. ¿cuándo va a llegar el día que sean subterráneas. Hay muchos retos pendientes.

- ¿Tiene esperanzas que se revierta la situación actual de violencia?
La esperanza no quiero perderla. Voy a ser sincero, una de mis tentaciones en estos últimos años es la desesperanza.
Quizá uno diga ¿qué tentaciones tiene un obispo? viendo la realidad, a veces me entra el desaliento, adónde vamos.
Parece que en muchas situaciones vamos a peor.
La sensación de desaliento, de decepción, de fracaso, las ganas de decir de qué sirve tanto esfuerzo.
Esa tentación surge y no lo niego, yo comprendo que no podemos ceder a la tentación de la desesperanza porque allí sí estamos perdidos y vendidos.
La esperanza hay que mantenerla, solo manteniendo la esperanza de que una Honduras es posible vamos a esforzarnos para ello.

-¿Estaría de acuerdo con un desarme general?
Los jóvenes de la pastoral católica de Tegucigalpa han organizado una marcha y a lo largo van a compartir reflexiones de la vida del joven en la Iglesia y sociedad. Este año lanzan la propuesta del desarme. La iniciativa es de ellos. Para mí es motivo de alegría que los jóvenes pidan un desarme, pero han sido finos y agudos. Piden un desarme de la conciencia, un desarme moral  y de las armas físicas. Hay que desarmar la conciencia de la agresividad, del odio, de la violencia y también las armas de la destrucción.
Ojalá se planteara seriamente en el país un desarme general. Llevamos mucho tiempo hablando de ello y estamos pidiendo un análisis profundo porque buscamos la paz ciudadana.

- ¿Cómo ve la depuración de la Policía Nacional?
Es algo tan claro, está pedido, se ha creado una comisión, pero los resultados hasta ahora son muy escasos. Yo creo que todos tenemos claro por los hechos que han ocurrido que se necesita una depuración del cuerpo policial. Se necesita una policía más profesional, también un salario justo y apropiado a la capacitación y riesgo que tiene la profesión y una depuración de todos aquellos miembros de la Policía en todos los niveles, no solo los de abajo.
En mi relación con la gente, pueblos, aldeas y colonias observo que nuestro pueblo no se fía de la Policía. Mientras no tengamos una policía que sea querida y valorada por el pueblo, no se logrará que cumpla con su finalidad. De allí la importancia de una depuración real, que no se quede en palabras.

- ¿Qué espera la Iglesia de las nuevas autoridades de la Policía?
Ya van cambiando de unas autoridades a otras. Lo que nosotros esperamos es que cumplan la función para la que han sido nombradas. Tienen finalidades como autoridades de defender a la ciudadanía, investigar el crimen.
Que sean ellos los primeros capacitados que tengan una ética limpia y capacidad de dirigir la Policía Preventiva y de Investigación; sean personas profesionales y con capacidad de coordinación y orientación y capacidad de relación con las otras instancias del Gobierno, sobre todo con el sistema judicial.

- ¿Qué consejo le daría al nuevo director de la Policía Nacional, Juan Carlos Bonilla?
No me atrevo a darle un consejo, quizá me pueda decir: “Monseñor, usted no sabe de estas cosas”, pero como autoridad, él está para servir. Yo soy autoridad en la Iglesia y yo me digo a mí mismo cuál es el fin de mi autoridad
¿Cuáles son los fines que yo debo cumplir? Dedicarme con entrega a esos fines. Segundo, prepararme y capacitarme para responder al cargo que se me ha dado; tercero, no trabajar solo, sino en equipo.
La conciencia de que está para prestar un servicio de calidad y responsabilidad. No dejarse corromper, mantenerse íntegro  y crear un buen cuerpo de colaboradores porque uno solo  es muy difícil que logre los objetivos de la institución policial.

- ¿A su juicio quiénes son los llamados para que los niños de hoy no sean los delincuentes del mañana?
Primero es la familia, es la tierra primera en la que nace y se educa el niño.  La Iglesia y el Estado deben trabajar en fortalecer la familia; el segundo ámbito es la escuela que no solo es el lugar adonde se transmiten aspectos de conocimiento, sino también en valores.
Allí es donde uno se pregunta en las escuelas, colegios, ¿están educando en valores? ¿Están aprendiendo de sus maestros a respetar, valorar a los demás o a tirar piedras en las calles? La escuela ejerce una influencia grande. Y el tercer medio, también educa la Iglesia. Hoy tienen mucha fuerza también los medios de comunicación.

Copilaciòn diario La Prensa, Honduras

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