Este mes San Pedro
Sula arriba a sus 476 años de fundación y ha representado el motor económico
del país, pero en la actualidad sufre un deterioro continuo.
Ángel Garachana,
obispo de la Diócesis de San Pedro Sula desde hace 17 años, dice que basta
caminar por las calles para observar el estancamiento de la ciudad desde la
última década.
El prelado también
compartió con LA PRENSA su opinión sobre la violencia que azota a todo el país
y lo que espera de las acciones que ejecuta el Gobierno para devolverle la paz
a la ciudadanía.
- ¿Cómo ve en general a San Pedro Sula?
Yo creo que para
todos es claro el deterioro que sufre San Pedro Sula. Por poner un tiempo, desde
el exalcalde Óscar Kilgore llevamos una docena de años que la ciudad está
sufriendo un deterioro en todos los aspectos. Basta caminar por las calles. Es
una ciudad compleja, se requiere capacidad para gobernar la ciudad, un buen
trabajo en equipo, sanear tantas cosas del pasado de corrupción.
Se requieren
planteamientos profesionales y justos para sacar adelante a esta ciudad tan
emprendedora pero que está tan estancada y deteriorada.
- ¿Qué aspectos de la ciudad le preocupan más?
Desde los aspectos
más exteriores. Empecemos a caminar por nuestras calles. Si uno tiene que ir
con la vista en el suelo porque si no, tropezón seguro, eso en las calles
pavimentadas. Pensemos cuántas aceras han sido invadidas por negocios privados.
Solamente con que la
Municipalidad reconquistara las aceras y pusiera la correspondiente multa a
quien las ha acaparado y los debidos impuestos a quien use los espacios
públicos para un negocio privado, tuviéramos buenos ingresos.
La limpieza, que no
solo es responsabilidad de las autoridades, sino de todos. Pero vayamos a las
zonas marginales. Vayamos a Chamelecón y Rivera Hernández que son como ciudades
con casi 200 mil habitantes.
Cuántos kilómetros
hay pavimentados en esos sectores, cuántos servicios están recibiendo. Hay un
conjunto de servicios a los que tienen derecho y no están siendo atendidos. Y
si vamos a los bordos, es cierto que la problemática de la gente que emigra a
la ciudad desborda. Hay otro tema que nunca se suele tocar, el del subsuelo de
la ciudad.
Qué pasa cuando llueve,
toda la infraestructura de alcantarillado está colapsando ¿qué municipalidad
afronta esto? Pensemos en otra cosa, todas las instalaciones eléctricas. Es un
milagro que no haya más problemas eléctricos. ¿cuándo va a llegar el día que
sean subterráneas. Hay muchos retos pendientes.
- ¿Tiene esperanzas que se revierta la situación
actual de violencia?
La esperanza no
quiero perderla. Voy a ser sincero, una de mis tentaciones en estos últimos
años es la desesperanza.
Quizá uno diga ¿qué
tentaciones tiene un obispo? viendo la realidad, a veces me entra el
desaliento, adónde vamos.
Parece que en muchas
situaciones vamos a peor.
La sensación de
desaliento, de decepción, de fracaso, las ganas de decir de qué sirve tanto
esfuerzo.
Esa tentación surge y
no lo niego, yo comprendo que no podemos ceder a la tentación de la
desesperanza porque allí sí estamos perdidos y vendidos.
La esperanza hay que
mantenerla, solo manteniendo la esperanza de que una Honduras es posible vamos
a esforzarnos para ello.
-¿Estaría de acuerdo con un desarme general?
Los jóvenes de la
pastoral católica de Tegucigalpa han organizado una marcha y a lo largo van a
compartir reflexiones de la vida del joven en la Iglesia y sociedad. Este año
lanzan la propuesta del desarme. La iniciativa es de ellos. Para mí es motivo
de alegría que los jóvenes pidan un desarme, pero han sido finos y agudos.
Piden un desarme de la conciencia, un desarme moral y de las armas
físicas. Hay que desarmar la conciencia de la agresividad, del odio, de la violencia
y también las armas de la destrucción.
Ojalá se planteara
seriamente en el país un desarme general. Llevamos mucho tiempo hablando de
ello y estamos pidiendo un análisis profundo porque buscamos la paz ciudadana.
- ¿Cómo ve la depuración de la Policía Nacional?
Es algo tan claro,
está pedido, se ha creado una comisión, pero los resultados hasta ahora son muy
escasos. Yo creo que todos tenemos claro por los hechos que han ocurrido que se
necesita una depuración del cuerpo policial. Se necesita una policía más
profesional, también un salario justo y apropiado a la capacitación y riesgo
que tiene la profesión y una depuración de todos aquellos miembros de la
Policía en todos los niveles, no solo los de abajo.
En mi relación con la
gente, pueblos, aldeas y colonias observo que nuestro pueblo no se fía de la
Policía. Mientras no tengamos una policía que sea querida y valorada por el
pueblo, no se logrará que cumpla con su finalidad. De allí la importancia de
una depuración real, que no se quede en palabras.
- ¿Qué espera la Iglesia de las nuevas autoridades
de la Policía?
Ya van cambiando de
unas autoridades a otras. Lo que nosotros esperamos es que cumplan la función
para la que han sido nombradas. Tienen finalidades como autoridades de defender
a la ciudadanía, investigar el crimen.
Que sean ellos los
primeros capacitados que tengan una ética limpia y capacidad de dirigir la
Policía Preventiva y de Investigación; sean personas profesionales y con
capacidad de coordinación y orientación y capacidad de relación con las otras
instancias del Gobierno, sobre todo con el sistema judicial.
- ¿Qué consejo le daría al nuevo director de la
Policía Nacional, Juan Carlos Bonilla?
No me atrevo a darle
un consejo, quizá me pueda decir: “Monseñor, usted no sabe de estas cosas”,
pero como autoridad, él está para servir. Yo soy autoridad en la Iglesia y yo
me digo a mí mismo cuál es el fin de mi autoridad
¿Cuáles son los fines
que yo debo cumplir? Dedicarme con entrega a esos fines. Segundo, prepararme y
capacitarme para responder al cargo que se me ha dado; tercero, no trabajar
solo, sino en equipo.
La conciencia de que
está para prestar un servicio de calidad y responsabilidad. No dejarse
corromper, mantenerse íntegro y crear un buen cuerpo de colaboradores
porque uno solo es muy difícil que logre los objetivos de la institución
policial.
- ¿A su juicio quiénes son los llamados para que
los niños de hoy no sean los delincuentes del mañana?
Primero es la
familia, es la tierra primera en la que nace y se educa el niño. La
Iglesia y el Estado deben trabajar en fortalecer la familia; el segundo ámbito
es la escuela que no solo es el lugar adonde se transmiten aspectos de
conocimiento, sino también en valores.
Allí es donde uno se
pregunta en las escuelas, colegios, ¿están educando en valores? ¿Están
aprendiendo de sus maestros a respetar, valorar a los demás o a tirar piedras
en las calles? La escuela ejerce una influencia grande. Y el tercer medio,
también educa la Iglesia. Hoy tienen mucha fuerza también los medios de
comunicación.
Copilaciòn diario La Prensa, Honduras

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