'EN LA ORACIÓN APRENDEMOS A
VER
LOS SIGNOS DEL PLAN MISERICORDIOSO DE DIOS'
CIUDAD DEL VATICANO, junio 2012 (ZENIT.org).- La Audiencia General de esta
mañana ha tenido lugar a las 10,30 en el Aula Pablo VI, donde Benedicto XVI se
encontró con grupos de peregrinos llegados de Italia y de otros países. En el
discurso en lengua italiana, el papa, siguiendo su catequesis sobre la oración
en las Cartas de san Pablo, centró su meditación en el primer capítulo de la
Carta a los Efesios. Ofrecemos el texto de la meditación del papa.
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Queridos hermanos y hermanas:
Nuestra oración es muy a menudo, una petición de ayuda en momentos de
necesidad. Y esto es normal para el hombre porque necesitamos ayuda,
necesitamos de los demás, necesitamos de Dios. Así es que para nosotros es
normal pedirle algo a Dios, buscar su ayuda; y debemos tener en cuenta que la
oración que el Señor nos enseñó: el "Padre nuestro" es una oración de
petición, y con esta oración el Señor nos enseña la importancia de nuestra
oración, limpia y purifica nuestros deseos, y de este modo limpia y purifica
nuestro corazón. Así es que, si de por sí es algo normal que en la oración
pidamos alguna cosa, no debería ser siempre así.
Hay también ocasión para dar gracias, y si estamos atentos, veremos que
recibimos de Dios tantas cosas buenas: es tan bueno con nosotros que conviene,
es necesario darle gracias. Y esta debe ser también una oración de alabanza: si
nuestro corazón está abierto, a pesar de todos los problemas, apreciamos
también la belleza de su creación, la bondad que nos muestra en su creación.
Por lo tanto, no solo debemos pedirle, sino también alabar y dar gracias: solo
así nuestra oración es completa. En sus cartas, san Pablo no habla solo de la
oración, sino que también presenta oraciones de petición, oraciones de alabanza
y de bendición por lo que Dios ha hecho y sigue realizando en la historia de la
humanidad.
Y hoy quisiera detenerme en el primer capítulo de la Carta a los Efesios,
que comienza justamente con una oración, que es un himno de bendición, una
expresión de gratitud, de alegría. San Pablo bendice a Dios, Padre de nuestro
Señor Jesucristo, porque en Él nos hizo "conocer el misterio de su
voluntad" (Ef. 1,9). En realidad hay razón para dar gracias porque Dios
nos hace conocer lo que está oculto: su voluntad con nosotros, para nosotros,
"el misterio de su voluntad." "Mysterion",
"Misterio": un término que se repite con frecuencia en la sagrada
escritura y en la liturgia. No quisiera entrar ahora en la filología, pero en
el lenguaje común significa lo que no se puede conocer, una realidad que no
podemos abarcar con nuestra propia inteligencia. El himno que abre la Carta a
los Efesios nos lleva de la mano hacia un significado más profundo de este
término y de la realidad que nos muestra. Para los creyentes, el
"misterio" no es tanto lo desconocido, sino sobre todo la voluntad
misericordiosa de Dios, su diseño de amor que en Jesucristo se ha revelado
plenamente y nos da la posibilidad de "comprender con todos los santos
cuál es la anchura y la longitud, la altura y profundidad, y conocer el amor de
Cristo" (Ef. 3,18-19).
El "misterio desconocido" de Dios se ha revelado, y es que Dios
nos ama, y nos ama desde el principio, desde la eternidad. Detengámonos un poco
sobre esta oración solemne y profunda. "Bendito sea el Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo" (Ef. 1,3). San Pablo utiliza el verbo "euloghein",
que normalmente traduce la palabra hebrea "barak": que es
alabar, glorificar, dar gracias a Dios Padre como el origen de los bienes de la
salvación, como Aquel que "nos ha bendecido con toda clase de bendiciones
espirituales, en los cielos, en Cristo". El Apóstol agradece y alaba, pero
también reflexiona sobre las razones que empujan al hombre a esta alabanza, a
este agradecimiento presentando los elementos clave del plan divino y sus
etapas. En primer lugar tenemos que bendecir a Dios Padre porque --como escribe
san Pablo--, Él "nos escogió antes de la creación del mundo para ser
santos e inmaculados en su presencia, en el amor" (v. 4). Lo que nos hace
santos y sin mancha es la caridad.
Dios nos ha llamado a la existencia, a la santidad. Y esta elección precede
incluso a la creación del mundo. Desde siempre hemos estado en su plan, en su
mente. Con el profeta Jeremías, podemos decir también nosotros que antes de
formarnos en el vientre de nuestra madre, Él ya nos ha conocido (cf. Jr. 1,5);
y conociéndonos nos ha amado. La vocación a la santidad, es decir, a la
comunión con Dios, pertenece al plan eterno de este Dios, un diseño que se
extiende en la historia y abarca a todos los hombres y mujeres del mundo,
porque es una llamada universal. Dios no excluye a nadie, su plan es solo de
amor. San Juan Crisóstomo dice: "Dios mismo nos ha hecho santos, por lo
que estamos llamados a ser santos. Santo es aquel que vive en la fe" (Omelie
sulla Lettera agli Efesini, 1,1,4). San Pablo continúa: Dios nos ha
predestinado, nos ha elegido para ser "hijos adoptivos por medio de
Jesucristo", a ser incorporados en su Hijo unigénito.
El Apóstol pone de relieve la generosidad de este maravilloso plan de Dios
para la humanidad. Dios nos escoge no porque seamos buenos, sino porque Él es
bueno. En la antigüedad había una palabra sobre la bondad: bonum est
diffusivum sui; el bien se comunica, es parte de la esencia del bien que se
comunique, que se extienda. Es así porque Dios es la bondad, es la comunicación
de la bondad, Él quiere comunicar; Él crea porque quiere comunicarnos su bondad
y hacernos buenos y santos. En el centro de la oración de bendición, el Apóstol
muestra la forma en que se lleva a cabo el plan de salvación del Padre en
Cristo, en su Hijo amado. Escribe: "En él tenemos por medio de su sangre
la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia"
(Ef. 1,7).
El sacrificio de la cruz de Cristo es el acontecimiento único e irrepetible
con el que el Padre ha demostrado brillantemente su amor por nosotros, no solo
con palabras, sino en términos concretos. Dios es tan real y su amor es tan
real que entra en la historia, se hace hombre para sentir qué es, cómo es vivir
en este mundo creado, y acepta el camino de sufrimiento de la pasión, sometido
también a la muerte. Así de real es el amor de Dios, que participa no solo en
nuestro ser, sino en nuestro sufrir y morir. El sacrificio de la cruz significa
que llegamos a ser "propiedad de Dios", porque la sangre de Cristo
nos ha rescatado del pecado, nos limpia de todo mal, nos saca de la esclavitud
del pecado y de la muerte. San Pablo nos invita a considerar qué tan profundo
es el amor de Dios que transforma la historia, que ha transformado su vida de
perseguidor de los cristianos a un apóstol incansable del Evangelio. Se hacen
eco una vez más, las tranquilizadoras palabras de la Carta a los Romanos:
"Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a
su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con
él graciosamente todas las cosas?... Estoy seguro de que ni la muerte ni la
vida, ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las
potestades, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá
separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro"
(Rm. 8,31-32.38-39).
Esta certeza --Dios está por nosotros, y ninguna criatura podrá separarnos
de Él, porque su amor es más fuerte--, tenemos que insertarla en nuestro ser,
en nuestra conciencia de cristianos. Por último, la bendición divina se cierra
con una referencia al Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros
corazones; el Paráclito que hemos recibido como un sello prometido: "Él
--dice Pablo--, es prenda de nuestra herencia, para redención del Pueblo de su
posesión, para alabanza de su gloria" (Ef. 1,14).
La redención no es todavía completa --lo escuchamos--, pero encontrará su
plena realización cuando aquellos que Dios ha adquirido sean totalmente salvos.
Nosotros todavía estamos en el camino de la redención, cuya realidad esencial
se ha dado con la muerte y resurrección de Jesús. Estamos en el camino a la
redención definitiva, hacia la plena liberación de los hijos de Dios. Y el
Espíritu Santo es la certeza de que Dios llevará a cumplimiento su plan de
salvación, cuando conduzca "a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos
y lo que está en la tierra" (Ef. 1,10).
San Juan Crisóstomo comenta sobre este punto: "Dios nos escogió por la
fe y ha marcado en nosotros el sello de la herencia de la gloria futura" (Omelie
sulla Lettera agli Efesini 2,11-14). Tenemos que aceptar que el camino de
nuestra redención es también nuestro camino, porque Dios quiere criaturas
libres, que digan libremente que sí; pero es sobre todo y primero, Su camino.
Estamos en sus manos y ahora es nuestra libertad el ir en el camino abierto por
Él. Vamos por este camino de la redención, junto con Cristo, y sentimos que la
redención se realiza. La visión que nos presenta san Pablo en esta gran oración
de bendición, nos ha llevado a contemplar la acción de las tres Personas de la
Santísima Trinidad: el Padre que nos ha elegido antes de la fundación del
mundo, ha pensado en nosotros y nos ha creado; el Hijo que nos ha redimido por
su sangre, y la promesa del Espíritu Santo, prenda de nuestra redención y de la
gloria futura.
En la oración constante, en la relación diaria con Dios, aprendemos también
nosotros, como san Pablo, a distinguir con más claridad los signos de este
diseño y de esta acción: de la belleza del Creador, en la belleza que surge de
sus criaturas (cf. Ef 3,9 ), como lo canta san Francisco de Asís: "Alabado
sea mi Señor, con todas tus criaturas" (FF 263). Es importante estar
atento aún ahora, en el periodo de las vacaciones, a la belleza de la creación
y ver revelarse en esta belleza el rostro de Dios. En sus vidas, los santos
indican de modo brillante qué puede hacer el poder de Dios en la debilidad del
hombre. Y puede hacerlo también con nosotros. En toda la historia de la
salvación, en la que Dios se ha hecho cercano a nosotros y espera pacientemente
nuestros tiempos, incluyendo nuestras infidelidades, alienta nuestros esfuerzos
y nos guía.
En la oración aprendemos a ver los signos de este plan misericordioso en el
camino de la Iglesia. Así, crecemos en el amor de Dios, abriendo la puerta a fin
de que la Santísima Trinidad venga a morar en nosotros, ilumine, caliente, guíe
nuestra existencia. "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le
amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn. 14,23), dice Jesús,
prometiendo a sus discípulos el don del Espíritu Santo, que enseñará todo. San
Ireneo dijo una vez que en la Encarnación el Espíritu Santo se ha habituado a
estar en el hombre. En la oración, nosotros debemos habituarnos a estar con
Dios. Esto es muy importante, que aprendamos a estar con Dios, y así veremos lo
hermoso que es estar con Él, que es la redención.
Queridos amigos, cuando la oración alimenta nuestra vida espiritual nos
volvemos capaces de conservar aquello que san Pablo llama "el misterio de
la fe" en una conciencia pura (cf. 1 Tm. 3,9). La oración como una forma
de "acostumbrarse" a estar junto a Dios, crea hombres y mujeres
animados no por el egoísmo, del deseo de poseer, de la sed de poder, sino de la
gratuidad, del deseo de amar, de la sed por servir, es decir, animados por
Dios; y solo así se puede llevar luz a la oscuridad del mundo. Quisiera
concluir esta catequesis con el epílogo de la Carta a los Romanos. Con san
Pablo, también nosotros damos gloria a Dios porque nos ha dicho todo acerca de
sí en Jesucristo y nos ha dado al Consolador, el Espíritu de la verdad. San
Pablo escribe al final de la Carta a los Romanos: "A Aquel que puede
consolidarlos conforme al Evangelio mío y la predicación de Jesucristo:
revelación de un Misterio mantenido en secreto durante siglos eternos, pero
manifestado al presente, por las Escrituras que lo predicen, por disposición
del Dios eterno, dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la fe,
a Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los
siglos! Amén" (16, 25-27). Gracias.
Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.
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