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miércoles, 2 de septiembre de 2009

“El maravilloso arte de comunicar la Palabra de Dios con un lenguaje comprensible y significativo”…

Con esta afirmación se abre el libro “La Catequesis en América Latina.” que destina todo un capítulo a profundizar en este “arte” afirmando que “la catequesis es comunicación”.

Importa, entonces, que como oyentes de la Palabra y servidores cualificados en su siembra, revisemos nuestra praxis y recojamos los planteos, cuestionamientos y desafíos que nos hacen y que nos hacemos en este proceso de educar la fe. Desde la articulación catequesis-comunicación hacemos este aporte.

Importa que escuchemos y prestemos atención a las voces, los gritos, las incomodidades y malestares que se levantan desde las prácticas catequísticas en lo que respecta a la comunicación, al lenguaje y a la calidad de los procesos que, con tanta buena voluntad, anhelamos acompañar.

La Catequesis debe llevar a un proceso de conversión y crecimiento permanente y progresivo en la fe que sólo se realiza en la vida concreta de las personas y en su historia, que interpela la existencia humana en todas sus dimensiones y exige una respuesta de compromiso en el creyente que lo convierte en testigo.

Ahora bien, a nivel de discurso lo comprendemos, pero ¿cuál será el modo de presentar el acontecimiento salvífico a través de la catequesis? ¿Cómo comunicar de la manera mejor y con el grado mayor de excelencia este mensaje? Para iluminar este planteo creímos conveniente partir del cuento.

El viejo pescador

Aguas abajo del río vivía un viejo pescador. En su juventud había sido el mejor pescador de la comarca y , a veces, se enorgullecía entre los demás pescadores diciendo: “ Yo pesco hasta donde no existen peces...” Todas las mañanas echaba sus anzuelos en el mismo sitio; pescaba en las aguas profundas desde una gran roca. No existía para él otro sitio para pescar.

Sucedió que en un verano cayeron lluvias torrenciales que hicieron crecer en forma desmedida el río y éste cambió de cauce. El sitio donde habitualmente pescaba se convirtió en una gran playa de arena. El no supo o no quiso saberlo y siguió yendo a pescar en el lugar de siempre. Cuentan que da mucha pena ver a aquel hombre, ya viejo, medio ciego y hablando solo, queriendo pescar donde sólo hay arena.

(Cuento narrado por el catequeta mexicano Pbro. Francisco Merlos Arroyo).

Desde nuestra reflexión nos hacemos algunos planteos que aparecen como “desafíos” y los recogemos para no seguir pescando en la arena como el experimentado pescador del cuento que no alcanzó a percibir el cambio que se había producido en aquel lugar del que se había apropiado; ese lugar que tanto conocía y amaba.

Somos conscientes que vivimos el desafío de “un cambio de época y no sólo una época de cambio” que pone en situación de crisis la propuesta del Evangelio en la cultura emergente. Por otra parte queremos ser fieles a la llamada del Santo Padre que nos invita a asumir la Nueva Evangelización como la mejor contribución que la Iglesia puede ofrecer para superar estos tiempos difíciles y transformar la realidad con la novedad del Evangelio.

Los paradigmas han cambiado y nos están exigiendo una nueva mentalidad en actitudes y opciones.

¿Cómo comunicar el proyecto del Evangelio del Reino en la catequesis?

Tenemos muy claro el “Qué” del mensaje catequístico, el contenido doctrinal, pero la práctica nos reclama que no logramos acertar con el camino que lleva a la experiencia vital de encuentro con Jesús, la experiencia que cambia y transforma la vida.

Seguimos “pescando en la arena” cuando insistimos en un “estilo operativo sin futuro” desde la pastoral tradicional.

Un estilo donde predomina la práctica devocional y sacramental, la pastoral intraeclesial y centrípeta, con una fuerte polarización clerical y lastre institucional; un eclesiocentrismo y desde una actitud de au-tosuficiencia”.

En el capítulo 7 de La Catequesis en América Latina se nos advierte que “uno de los problemas más graves que enfrenta la catequesis hoy es el de la comunicación, que es pobre y sin calidad, que se utilizan lenguajes que nadie entiende, que se dirige a auditorios que ya no existen y responde a preguntas que nadie tiene o a problemas que nadie vive”.

En la genuina tradición veterotestamentaria muchas veces hemos descubierto el camino del Pueblo de Dios como un “narrar su fe”, pero convengamos que también nosotros hemos perdido la magia del narrar que el mismo Evangelio tiene cuando articulamos la expresión litúrgica “en aquel tiempo” con el tiempo presente de la situación de cada persona que está iluminando su propia existencia con el mensaje de Jesús.

“Mientras el mundo ha puesto en su centro a la comunicación humana por preocupación, interés, dominio e influencia sobre mentes y comportamientos, mientas nos admiramos del poder de la comunicación sobre los demás poderes, mientras periodistas, publicistas y telecomunicadores y expertos en informática han convertido el mundo en una aldea, la Iglesia y la catequesis siguen atrasadas en sus formas de comunicar, no logran llegar al profundo de la vida y de las personas, hay un sentimiento de impotencia. Teniendo un mensaje de gran calidad y actualidad no sabemos cómo entregarlo. Lo entregamos sin fuerza o no lo entregamos de ninguna manera. El Evangelio queda en desventaja con relación a otros muchos mensajes que se proclaman”

Tenemos un camino que ha sido dador de mucha vida a familias y comunidades: la catequesis familiar, pero que hoy se la está presentado -o mejor desvirtuando-, como un nuevo “lecho de Procusto” donde quienes no entran exactamente desde las pretendidas condiciones exigidas se lo estira hasta matarlo o se le amputan las diferencias. El resultado está claro. La catequesis familiar está siendo desechada y desvalorada porque se la presenta como camino de exigencias que sólo pueden cumplimentar unos pocos. Así se tiene una experiencia de comunidad expulsiva, no acogedora y meramente legalista.

Este camino que aportó tanta vida nueva en nuestras comunidades hoy se lo está presentando como simples reuniones que nos indicarán a nosotros, los padres, la manera de “enseñarle” mejor al niño, cuando todos sabemos que el fin de la catequesis familiar es la opción prioritaria de catequesis con adultos. ¿Estamos siendo veraces y fieles cuando tergiversamos o callamos aspectos de los caminos que proponemos para acompañar la fe? ¿Estamos siendo fieles al genuino camino de la catequesis familiar cuando en los manuales el centro lo está ocupando el contenido doctrinal para el niño y se va desdibujando el camino que hay que transitar primeramente con los adultos padres?

Tenemos que inculturar el mensaje de Jesús en un mundo que se caracteriza por “leer poco, escuchar mal, mirar mucho y no pensar”.

Revisando nuestras prácticas catequísticas advertimos que llegamos con un mensaje muy verbalista, poco gestual, escolarizado, donde casi todas las actividades se resuelven en escuchar el mensaje del catequista, leer y comentar textos, contestar preguntas, exponer pensamientos por escrito o en forma de plenarios, completar y realizar una serie de actividades que en nada difieren de las de la escuela. Y esto en un mundo que lee poco, escucha mal, mira mucho y piensa poco o nada.

Creemos que aquí debemos detenernos para mirar y aprender de la actitud fundante de publicistas y de la teoría del marketing. Preguntarnos y aprender cómo y qué hacen para llegar con un mensaje y que se lo acepte e incorpore a la vida. Cómo hacen para satisfacer necesidades reales y que la gente elija un producto y una marca, y cómo hacen para crear como imperiosas necesidades que no lo son. La actitud básica de los publicistas supone “meterse la gente en la cabeza” y sus necesidades.

Pensemos en Jesús como comunicador, pensemos en lo que dice Pérez Gaudio de los publicistas y entendamos la necesidad de tener presente los diversos “públicos” a los cuales hay que atender, informar, llegar con el mensaje y transformar.

El círculo de públicos de Jesús fue amplio y variado: constelaciones de públicos que podemos identificar perfectamente y nombrar: el círculo reducido de los 12 apóstoles-, el de los 72 discípulos, el círculo amplio y masivo de la multitud, el personal de Nicodemo, de la Samaritana o de Zaqueo. El de grupos reducidos, pero siempre con un mensaje en lenguaje directo y totalmente orientado: el público de su Madre y sus familiares; el público de los fariseos, el Sanedrín, los Herodianos, los saduceos, los sacerdotes… a todos y con todos llegó con un mensaje directo, explícito, cuestionador, tan comprensible y significativo como una parábola, como cuando hablaba de los pájaros del cielo y de los lirios del campo, o tan elocuente como cuando no le respondió a Pilatos en la parodia de juicio a que lo estaba sometiendo.

En última instancia el móvil de los publicistas y de la publicidad es crear necesidades a fin de que la gente consuma, compre y gaste… como un nuevo “Rey Midas” que todo lo que tocaba se trocaba en oro, la intención de la publicidad es llenarse de oro. Ganar.

Ahora bien, ¿cómo podemos poner el tesoro, el oro del evangelio como necesidad y no como lujo superfluo en el corazón de todo el pueblo? ¿Cómo hacer para que el camino de la catequesis no sea un barniz superficial, sino una respuesta vital que satisfaga aportando un sentido nuevo y transformador en la vida de las personas y las comunidades?

El P.Alberich en la obra que hemos citado nos entrega pistas para abandonar ese estilo operativo sin futuro de la pastoral tradicional y convertirnos a un proyecto de pastoral de evangelización: será, entonces, el servicio al Reino para superar el eclesiocentrismo, el reequilibrio de los signos evangelizadores para superar lo sacramental y devocional, el restaurar un proceso evangelizador para superar la concentración intraeclesial y la necesidad de una iglesia más carismática que institucional para superar el clericalismo y el lastre institucional.

Evidentemente estamos planteando cambios en este cambio de época…, pero ¿Cómo vamos a administrar la angustia que generan los cambios, la inestabilidad y la ansiedad que nacen en las personas y en los grupos y comunidades? ¿Cómo orientar y direccionar estos procesos de cambio?

Al hacernos estas preguntas estamos pensando concretamente en los “pastores” sacerdotes y catequistas que necesitamos que administren y piloteen la crisis que suponen los cambios. Los gritos y malestares que identificamos desde la catequesis nos sensibilizan en orden a la necesidad y urgencia de un cambio. Cambiar porque nos damos cuenta que estamos comunicándonos mal, no llegamos, no transformamos.

El cambio urge, pero abandonar la experiencia conocida nos da miedo. Seguimos aferrados al “siempre hemos hecho así y tan mal no nos ha ido”. Luego de evaluaciones y tomas de conciencia, seguimos proponiendo lo mismo creyendo que sólo con más ganas y convicción solucionaremos los problemas. El problema sigue estando y no nos animamos a provocar y establecer el cambio y la transformación.

Pbro. Francisco Bisio
www.juntacatequesiscba.org.ar

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