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jueves, 12 de agosto de 2010

La Comunidad Cristiana, lugar del perdón

Mons. Ángel Garachana


Hemos sido creados para la realización armónica, para la comunión con Dios, con los demás y con la naturaleza. Dios, misterio de amorosa comunión, nos creó por amor y para el amor.

Pero el pecado entró en el mundo por culpa de la persona humana, rompiendo esa armonía. Los relatos del Génesis nos describen esa ruptura como en cadena: Se rompe la relación con Dios por la desobediencia (Adán y Eva). Se rompe la relación fraterna (Caín y Abel). Se rompe la relación social (Torre de Babel). Se rompe la relación armónica con la naturaleza (diluvio). La primera parte de la carta a los Romanos nos describe el dominio universal de la fuerza del pecado. “Ahora todos pecaron y están privados de la gloria de Dios” (Rom. 3,23).

Pero Dios, que es rico en misericordia, por el grande e inmenso amor que nos tiene, nos dio vida en Cristo” (Efesios 2, 4). “Ahora Dios salva a todos gratuitamente por su bondad en virtud de la redención de Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho, mediante la fe en su muerte, instrumento de perdón” (Rom. 3, 24-25). Si por el pecado fuimos constituidos “enemigos de Dios”, ahora “Dios mismo nos ha reconciliado consigo por la muerte de su Hijo” (Rom. 5, 10-11).

Quienes creen en este “evangelio”, en esta buena noticia del amor de Dios en Cristo, forman la Iglesia, comunidad de creyentes, comunidad de redimidos. El perdón de Dios restaura la comunión con Él y de los creyentes entre sí. El perdón de Dios Padre nos hace hijos suyos en el Cuerpo de Jesús, su Hijo amado y en ese mismo cuerpo nos hermana. Jesucristo es, pues, el lugar de la comunión amorosa con el Padre y con los hermanos.

Por eso la Iglesia ha sido ampliamente presentada desde el Concilio Vaticano II como sacramento de la unión intima de los hombres con Dios y de la unidad del género humano entre sí (LG. n.1).

Sí, la Iglesia es la comunión de personas humanas en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Si Dios comunión trinitaria nos creó para la comunión y esta fue rota por el pecado, ahora ha sido restaurada en Jesucristo.

Pero no podemos olvidar que esta comunión es reconciliación de los pecadores. Vivimos en comunión porque hemos sido y estamos siendo perdonados y reconciliados. La Iglesia es la comunidad de los pecadores reconciliados por la misericordia de Dios en la Cruz de Jesucristo.

La invitación al perdón es una invitación constante en las palabras de Jesús y de la primitiva Iglesia. La Palabra de Dios, norma de la fe de la Iglesia, afirma conjuntamente la realidad del pecado y la realidad de la salvación. La revelación cristiana no cierra los ojos a la realidad, no niega el mal y el pecado. Lo reconoce y lo afirma. Si bien afirma que no tiene la última palabra, que no es una cárcel de la que no se sale; la palabra definitiva es el amor reconciliador del Padre. Y por tanto pide a las personas que no dejen la última palabra a la ofensa sino que, como Dios, su última palabra sea el perdón.

Recordemos algunos textos más significativos: Mt. 5, 43-48: amor a los enemigos. Mt. 6, 12 (14-15): perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos. Mt. 18, 21-35: Parábola del perdón ¿Cuántas veces tengo que perdonar? Ef. 4, 32: perdónense como Dios los perdonó en Cristo.

El perdón forma parte esencial del amor fraterno en la comunidad de discípulos del Señor. Y sin el perdón es imposible construir la comunidad. Cada día debemos rehacer, reconstruir, reconciliar la comunidad por medio del perdón. El pecado es fuerza centrifuga, de dispersión, de desunión. El perdón (el amor que perdona) es la fuerza diaria de reunión, comunión y reconciliación.

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