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miércoles, 23 de septiembre de 2009

Educar en la responsabilidad

Autor: Mons. Garachana Sep 15,2009

A lo largo del proceso formativo, el educando es sujeto activo de su propia educación. La acción educativa que ha sido descrita con diversas imágenes, como “modelar el barro”, “tallar un tronco de madera”, etc. Estas imágenes hay que tomarlas con mucho cuidado. Subrayan las posibilidades y la docilidad de los educandos pero nos dan una visión muy pasiva de los niños y jóvenes.

En las escuelas se usa plasticina para hacer figuras pero el niño, el adolescente, el joven no son plasticina que los maestros modelan a semejanza de un modelo ejemplar, sino sujetos activos de su propio crecimiento físico y psíquico, intelectual y moral.

La tarea educativa cada vez se orienta más a suscitar y promover la acción del educando, acción que según pasan los años se va haciendo más compleja, comprometida, libre y dialogante.

Si el educando fuera comprendido como pura pasividad no tendría ninguna responsabilidad en lo que hace o deja de hacer. En cambio, si es sujeto responsable, debe responder de lo que hace, de cómo lo hace, de por qué lo hace o deja de hacerlo. Sino hace las tareas le preguntan: “por qué no hizo las tareas”.

Precisamente porque la persona es valiosa y ha de hacer lo valioso tiene una responsabilidad y debe actuar responsablemente.

Éste es el fin de la educación: formar personas responsables; éste es el quehacer primordial del educador responsable: ayudar a que los niños y jóvenes que le han sido confiados maduren en responsabilidad; éste es el fruto que entrega a la patria, ciudadanos responsables. Esta ha de ser su gran alegría, haber contribuido a formar hombres y mujeres responsables.

Una educación centrada en la responsabilidad de la persona ayuda a comprenderse y a vivirse en relación con los demás. Se madura y crece en responsabilidad por medio de otros, con otros y ante otros.

La educación debe ayudar a los niños y jóvenes a descubrir y realizar los valores que los unen a un grupo humano y que les permiten compartir lo más auténticamente suyo con la familia, con los vecinos del lugar o de trabajo, con la sociedad, con la patria.

Estoy acostumbrado a escuchar en las graduaciones cómo los que toman la palabra suelen alabar el trabajo de la institución educativa que ha preparado a los graduandos para el servicio a la sociedad, para el bien de la patria. Es cierto. El proceso educativo debe formar a las personas de cara a su inserción activa, positiva y crítica en la sociedad.

Esta inserción activa implica haber recibido unos conocimientos, unas destrezas y unos valores. Sin estos bienes personales los jóvenes quedan al margen del desarrollo cultural, social y económico; se convierten en “marginados” o, peor aún, “excluidos”. ¿Cuántos de nuestros jóvenes alcanzan el nivel de preparación al que tienen derecho? ¿Por qué las pandillas, por qué la migración de los jóvenes, por qué la mayoría de los presos son jóvenes? ¿Por qué los niños de la calle? ¿Por qué los jóvenes en paro?

En cuanto obispo, educador religioso, quiero subrayar los valores recibidos más que los conocimientos y destrezas porque considero que es lo más radical. Si formo un joven con buenos conocimientos fisicomatemáticos y adquiere las destrezas de una carrera de ingeniería pero a la hora de llevar una empresa, construir un puente, etc, no se guía por los valores morales, si tiene ciencia pero no conciencia, saberes pero no ética, ¿Qué ocurre? Algunos de los efectos negativos los estamos viendo en nuestras sociedades actuales.

Creo que necesitamos ante todo un cambio cultural para una nueva Honduras. Necesitamos una cultura de mayor autoestima, una cultura de amor y promoción de la vida, una cultura de la responsabilidad, una cultura de la ética basada en la dignidad de la persona humana, en la justicia social para que todos tengan acceso a los medios de realización personal y familiar.

Los educadores tienen una grave y hermosa responsabilidad en la formación de jóvenes nuevos para una nueva Honduras.

tomado de Blog : al pie del merendon de Mons. Angel Garachana

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